En el pasado, la radio y la televisión eran los reyes indiscutibles de la comunicación. Un programa popular podía llegar a millas de hogares y la gente se sentaba a la misma hora para escuchar a su locutor favorito o ver el noticiero. Era un modelo de consumo masivo y homogéneo . Se pensaba, erróneamente, que tener un espacio en estos medios garantizaba automáticamente una audiencia multitudinaria y fiel.