Geografía de lo incierto: Un mapa sociológico de nuestra crisis

Si Zygmunt Bauman hubiera caminado por la Avenida Corrientes hoy, quizás no habría necesitado escribir libros enteros para explicar su teoría. Le habría bastado con mirar nuestros bolsillos, nuestras agendas o nuestra ansiedad.

La «Modernidad Líquida», ese concepto con el que el sociólogo polaco definió el fin de las certezas y la disolución de las estructuras sólidas, en Argentina dejó de ser una metáfora académica para convertirse en nuestra biografía colectiva.

Vivimos en la capital mundial de lo efímero. Aquí, lo «sólido» -ese contrato de trabajo para toda la vida, el valor de la moneda, la capacidad de imaginar un futuro a diez años- se ha evaporado. El dinero en la mano quema porque se licúa; los proyectos se trazan en la arena sabiendo que la marea de la coyuntura subirá por la tarde.

Bauman nos advertía que, en este estado líquido, el individuo se ve obligado a buscar soluciones privadas a problemas que son sistémicos. Es el triunfo del «sálvese quien pueda». Nos transformamos, sin quererlo, en turistas de nuestra propia realidad: siempre de paso, siempre listos para cambiar la ruta, incapaces de echar raíces profundas porque el suelo mismo se mueve.

Pero hay una paradoja cruel en nuestra liquidez nacional. Mientras el mundo desarrollado sufre la liquidez como un vacío existencial por exceso de consumo y libertad, nosotros la sufrimos como una estrategia de supervivencia. No somos líquidos por elección, sino por necesidad.

¿Qué nos queda entonces? Quizás, la resistencia más rebelde contra esta corriente que todo lo erosiona sea insistir en lo que tarda en construirse: el vínculo cara a cara, la palabra empeñada aunque no haya contrato, y la memoria.

En tiempos donde todo fluye y nada permanece, detenerse a pensar -como hacemos hoy aquí- es, tal vez, el primer paso para volver a solidificar el suelo bajo nuestros pies.

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