Basta con pararse cinco minutos a la salida de una escuela secundaria, en una plaza o escuchar una conversación en el transporte público para notar un fenómeno acústico particular. Entre los jóvenes (esa franja que va de los 13 a los 25 años), términos como «puto», «puta», «pajero», «la concha de tu madre» o «hijo de puta» han dejado de ser la excepción para convertirse en la regla. Han dejado de ser el punto final de una discusión para convertirse en las comas y los paréntesis de la vida cotidiana.
La pregunta que surge desde la sociología del lenguaje es inevitable: ¿Estamos ante una sociedad más violenta o ante una mutación del significado?
La «desemantización» del agravio: El primer fenómeno observable es la pérdida del peso literal de la palabra. En lingüística y sociología, esto se conoce como desemantización. Cuando un joven le dice a otro «¡Qué hacés, pedazo de puto!» con una sonrisa, o «¡Sos un hijo de puta!» ante una hazaña deportiva o un chiste ingenioso, la carga ofensiva original se disuelve. La palabra ya no busca herir el honor ni atacar la sexualidad; se ha transformado en una muletilla fática, un mecanismo para mantener el canal de comunicación abierto o para enfatizar una emoción (sea positiva o negativa).
El insulto como ritual de pertenencia: (El Habitus Juvenil) Si analizamos esto bajo la lupa sociológica, podríamos decir que el uso de estas «malas palabras» forma parte del habitus de las nuevas generaciones. En el mercado lingüístico de los adolescentes, hablar «correcto» puede ser visto como una marca de distancia o artificialidad. Paradójicamente, el insulto grosero funciona muchas veces como un código de intimidad. Cuanto más «sucio» es el vocabulario entre dos amigos, mayor es la confianza validada. Decirse «pajero» (que ha mutado de su significado sexual a uno de «vagancia», «descuido» o simplemente «lentitud») es una forma de reconocerse como pares.
El peligro de la naturalización: La violencia invisible sin embargo, no todo es inocente. La naturalización conlleva un riesgo: la invisibilización de la violencia simbólica que estas palabras arrastran históricamente. Aunque el emisor no tenga la intención de ser homofóbico al decir «puto» o misógino al gritar «la concha de tu madre», el lenguaje sigue reproduciendo una estructura donde lo negativo, lo débil o lo insultante está asociado a lo femenino o a la disidencia sexual. Al naturalizar estos términos como vocabulario habitual, se perpetúa, casi inconscientemente, un orden social donde esas categorías siguen siendo las elegidas para denigrar o para rellenar los silencios.
En definitiva, quizás no estemos frente a una generación necesariamente «más maleducada», sino ante una que habita un sistema de signos diferente, donde la inflación del insulto ha devaluado su moneda. Queda el interrogante de qué sucede en una trama social donde, paradójicamente, a veces se recurre a la violencia verbal extrema para expresar el más mínimo afecto, la cercanía o la sorpresa.