Arranca la temporada y, puntual como la marea, se repite el ritual de los «desconformes de siempre». Es el discurso cíclico: que hay poca gente, que el turista no tiene el target esperado, que los autos no son de alta gama y que, con solo mirar la matrícula, ya sentencian el fracaso.
Pero si nos detenemos a analizar esto con una mirada más profunda, casi sociológica, entendemos que Las Grutas no es un salvavidas mágico para un año de inacción.
Si pensamos nuestra comunidad como lo haría Talcott Parsons, debemos entender al ejido como un Sistema Social. Para que este sistema progrese, es necesario modificar incluso nuestro lenguaje, porque el lenguaje define cómo vemos el mundo. La vieja frase «me voy a Las Grutas» debe cambiarse urgentemente por «me voy de vacaciones al destino SAO, SAE, LG».
Debemos dejar de pensar en un balneario aislado y empezar a vendernos y entendernos como una triada potente: San Antonio Oeste, San Antonio Este y Las Grutas. Si el sistema no se integra, se debilita.
Y aquí surge la pregunta incómoda: Pretendemos que venga el turismo a este «gran destino», ¿pero realmente nos preparamos y nos capacitamos para ello?
¿Qué hacemos como sociedad durante todo el año para estar listos cuando nuestra comunidad toma otra vida, otro cariz? Porque el funcionalismo es claro: si las partes no funcionan, el todo colapsa. Más allá de la política de Estado -buena o mala-, cada uno de nosotros debería transformarse, aunque sea empíricamente, en un asesor, en un guía de turismo espontáneo y en un controlador de los bienes estatales, que en definitiva, son de todos.
Es un error conceptual esperar salvarse trabajando 3 meses para descansar 8; eso genera una disfunción en la adaptación del sistema a un entorno económico que ya cambió. Ese modelo de renta estacional caducó.
Por eso, la responsabilidad no es solamente del subsistema político (el Estado). Aburren las radios que reiteran mecánicamente el mensaje culpando a una gestión o a las entidades intermedias. Eso es simplificar la complejidad de la acción social. Si el vecino no cuida lo público y no se capacita para recibir al visitante, no hay gestión que aguante.
Tenemos que mirar el mapa completo: dentro de Río Negro, Bariloche funciona como un sistema mucho más consolidado, y históricamente ha sido quien se «fagocitó» las ideas de esta parte de la costa (si es que hubiera ideas claras para defender).
Es urgente incorporar esta visión de «Destino SAO-SAE-LG». Debemos analizar las propuestas del país y del exterior con madurez. Como diría Parsons: sin la integración y el compromiso de cada individuo en su rol, el sistema no se sostiene. El destino lo hacemos entre todos, cambiando el «me voy a Las Grutas» por una visión integral, o no lo hace nadie.