A menudo, los anuncios de obra pública se pierden en una maraña de cifras frías: millones de litros, diámetros de cañerías, porcentajes de aumento. Sin embargo, la reciente confirmación de la licitación para el nuevo sistema de agua potable en San Antonio Oeste, Las Grutas y el Puerto del Este -anunciada por el presidente de Aguas Rionegrinas, Javier Iud- nos invita a una lectura que excede a la ingeniería hidráulica.
Estamos ante una obra calificada como «histórica», comparable a la gesta del Canal Pomona-San Antonio de hace medio siglo. El proyecto promete aumentar un 50% la producción y triplicar las reservas. Pero más allá del cemento, este anuncio desnuda la estructura social, cultural y las tensiones latentes de nuestra comunidad.
La dualidad de la ciudad estacional
El dato técnico más revelador es la brutal disparidad del consumo: nuestra región pasa de utilizar 13 millones de litros diarios en invierno a 30 millones en temporada alta. Sociológicamente, esto confirma que no somos una sola comunidad, sino dos.
Existe la sociedad «estable», la que habita y construye el territorio todo el año, y la sociedad «flotante», la turística, que irrumpe estacionalmente tensando las costuras de la infraestructura. La inversión pública actúa aquí como un mecanismo de amortiguación para que esa presión exógena no fracture la calidad de vida del residente. Las nuevas cisternas no son solo depósitos de agua; son herramientas de gestión para una convivencia que, sin obras, se vuelve conflictiva.
La paradoja: Las «cachetadas» y el Habitus del derroche
Sin embargo, el punto más álgido del anuncio no estuvo en los planos, sino en la fricción con la opinión pública. Al referirse a intentos previos de innovar en la gestión -como la idea de que el organismo pudiera envasar y comercializar agua-, Iud fue gráfico al describir la reacción social: confesó haber recibido «cachetadas de todos lados».
Sociológicamente, esto no implica un rechazo definitivo, sino un desacuerdo de tiempos. La sociedad marcó un límite hoy, no estando de acuerdo en el presente con esa lógica comercial, aunque la gestión dejó la puerta entreabierta para plantearlo nuevamente más adelante.
Aquí radica la contradicción fascinante. Mientras la comunidad reacciona duramente ante la «mercantilización» pública del recurso, mantiene en su vida privada un «habitus» del derroche: el riego de veredas, el lavado de autos y las pérdidas domiciliarias son prácticas naturalizadas.
Vivimos una disonancia cognitiva: cuestionamos al Estado si intenta vender el agua, pero la dejamos correr sin culpa en la calle. Percibimos el agua como un «don natural» infinito, desconectándola del costoso proceso industrial que implica potabilizarla. Rechazamos la lógica de mercado en el discurso, pero actuamos como consumidores irresponsables en la práctica.
Proyectar la igualdad territorial
Finalmente, la obra trae un componente de justicia espacial. Al triplicar la reserva en el Puerto San Antonio Este – históricamente relegado frente a la centralidad de Las Grutas – y apostar a sistemas de gravedad que democraticen la presión, se intenta reducir la desigualdad entre el centro turístico, el administrativo y el productivo.
Se planifica para una ciudad de 100.000 habitantes, apostando al futuro. Pero la lección que nos deja este anuncio es clara: la ingeniería puede solucionar la oferta trayendo más agua, pero no puede solucionar la demanda. Mientras no rompamos la cultura del derroche y resolvamos nuestra contradicción con el recurso, la sed de la temporada siempre irá un paso adelante de la infraestructura.
La licitación es el paso necesario del Estado. El cambio cultural es el paso pendiente de la sociedad.
AUDIO DE LA ENTREVISTA CON EL GERENTE GENERAL DE AGUAS RIONEGRINAS S.A