El 25 de Mayo y el espejo invertido de la intencionalidad estatal

Cada 25 de Mayo, la liturgia oficial argentina activa un dispositivo de memoria que suele pecar de idílico. Se nos presenta la fecha patria como el Big Bang de una nacionalidad preexistente que, de pronto, cobró conciencia de sí misma y rompió sus cadenas. Sin embargo, si pasamos el daguerrotipo escolar por el tamiz de la sociología de Ricardo Sidicaro, la efeméride deja de ser un óleo estático para convertirse en el síntoma de un problema inconcluso: la histórica dificultad argentina para construir un orden estatal legítimo, cohesionado y con verdadera autonomía frente a los intereses sectoriales.

Para Sidicaro, la paradoja de la formación del Estado argentino radica en que este nació antes que la propia sociedad nacional y, desde entonces, arrastra una debilidad institucional de raíz. El 25 de Mayo de 1810 no fue el triunfo de un proyecto de país unificado, sino el inicio de una dispersión. Lo que se inauguró en el Cabildo fue la disputa por el control de los recursos económicos estratégicos, como la aduana y el puerto, junto a una fragmentación de legitimidades que las elites locales jamás lograron soldar del todo en los siglos posteriores.

En sus agudos análisis sobre la sociología política argentina, Sidicaro insistía en que nuestras crisis recurrentes no son económicos-dependientes por mera fatalidad, sino el resultado directo de la degradación de las agencias estatales. Mirar el 25 de Mayo desde esta perspectiva nos obliga a desarmar el mito del consenso fundacional. La Primera Junta no representaba a «el pueblo» en un sentido democrático moderno, sino a una coalición de intereses corporativos -militares, intelectuales y comerciantes- que reaccionaron ante el vacío de poder español. De este modo, el gran trauma que Sidicaro identificó en la historia contemporánea, que es la colonización del Estado por parte de intereses facciosos, encuentra su matriz en aquellos primeros años del siglo XIX, donde la esfera pública quedó subordinada a las finanzas de las elites porteñas o a los caudillismos provinciales.

«La Argentina sustituyó la construcción de una burocracia estatal racional y orientada al bien común por una constante negociación entre facciones que ven al Estado como un botín de guerra, y no como el árbitro de la vida social.» – Esta premisa sidicariana resuena con fuerza cada vez que el calendario nos obliga a pensar la patria.

El peligro de la efeméride tradicional es su capacidad para generar una falsa ilusión de unidad y continuidad. El «pueblo que quiere saber de qué se trata» es una abstracción útil para la pedagogía escolar, pero peligrosa para el análisis sociológico serio. Hoy, con un tejido social atomizado y un Estado cuyas capacidades de integración han sido sistemáticamente erosionadas -un proceso que Sidicaro documentó con lucidez al analizar las transformaciones del peronismo y el impacto desestructurante del neoliberalismo-, celebrar el 25 de Mayo como un logro consumado es un ejercicio de nostalgia estéril. No hay comunidad organizada ni contrato social vigente cuando el aparato estatal pierde la capacidad de regular los egoísmos sectoriales y garantizar un piso de ciudadanía digna.

Hacer sociología hoy, al estilo de Sidicaro, implica rechazar el patriotismo de cotillón que esconde la anemia de nuestras instituciones. El 25 de Mayo no debería ser la celebración anual de una libertad abstracta, sino el recordatorio de una deuda sociopolítica urgente: la construcción de un Estado con verdadera autonomía relativa, capaz de arbitrar los conflictos de una sociedad profundamente desigual. Mientras la escarapela sirva para tapar los baches de un Estado desertor o la fragmentación de una dirigencia incapaz de mirar más allá de su propia reproducción, la Revolución de Mayo seguirá siendo una promesa secuestrada por el faccionalismo. Para Nación Escriba, repensar esta fecha no es derribar el bronce por el mero placer de la iconoclasia, sino exigirle al presente la densidad institucional que el pasado nos legó como tarea pendiente.

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