El reciente posicionamiento de la legisladora provincial Ayelén Spósito en San Antonio Oeste nos invita a desmontar las narrativas hegemónicas sobre el «desarrollo» en la Patagonia e instalar un debate urgente sobre la geografía del saqueo, la asimetría de poder y la vulnerabilidad estructural. A través de un lente sociológico, sus declaraciones no son solo una crítica coyuntural; constituyen un diagnóstico empírico de cómo las políticas extractivistas impactan directamente en el tejido social y comunitario.
1. La farsa de la participación y el blindaje corporativo
La implementación del megaproyecto de GNL y el amparo ideológico del Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) exponen la consolidación de un modelo de post-política. Cuando las audiencias públicas se configuran como meros trámites de validación con contratos y acuerdos preexistentes ya cerrados, la democracia deliberativa se vacía de contenido y la participación ciudadana queda reducida a una formalidad no vinculante.
El RIGI, bajo esta óptica, funciona como un dispositivo de acumulación por desposesión donde el Estado cede el control de sus bienes comunes estratégicos -tierra, minerales, energía y recursos hídricos mediante corporaciones como Mekorot- a capitales transnacionales, autolimitando su propia soberanía económica y su capacidad de regulación futura.
2. Sierra Grande como espejo: «Capitales líquidos» y enclaves económicos
La advertencia de Spósito sobre la realidad de Sierra Grande funciona como una radiografía de los efectos colaterales de la ilusión del «derrame» económico. Desde la perspectiva de Zygmunt Bauman, los proyectos impulsados por el RIGI representan la máxima expresión de la modernidad líquida: un capitalismo flotante, desterritorializado y altamente móvil, que no echa raíces ni asume compromisos a largo plazo con las comunidades. La promesa del empleo genuino choca sistemáticamente contra la realidad de economías locales asfixiadas por la llegada de estos capitales globales.
Este desembarco genera una inflación estructural interna, donde la presión inmobiliaria y el aumento desmedido de los alquileres terminan expulsando a los habitantes históricos de la comunidad. Al mismo tiempo, se produce un colapso de las infraestructuras de cuidado; la falta crónica de agua y la alarmante ausencia de profesionales en el sistema sanitario de San Antonio Oeste, Las Grutas y Sierra Grande demuestran una peligrosa asimetría. El capital privado extrae valor del subsuelo, pero externaliza los costos sociales hacia un Estado provincial y municipal debilitado que no está preparado para recibir un impacto demográfico e industrial de tal magnitud. Finalmente, las denuncias de las cámaras de comercio locales por el incumplimiento del «compre local» confirman que estos proyectos operan como enclaves cerrados, hiperconectados con los flujos financieros globales pero completamente desconectados del entramado productivo regional.
3. Daños colaterales y la brecha de la subsistencia
Existe una distancia abismal entre la abstracción de las variables macroeconómicas celebradas a nivel nacional y la economía de la subsistencia en los barrios rionegrinos. En términos de Bauman, la pobreza, la exclusión y la falta de servicios básicos que sufren estas localidades no son disfunciones temporales del sistema, sino daños colaterales sistémicos e inevitables de la globalización económica.
La crisis social se corporiza en la encrucijada cotidiana de las familias que, atrapadas en una inflación real que pulveriza los ingresos, deben elegir entre pagar los servicios públicos o garantizar el alimento diario. La precarización de la vida es la contracara directa e invisible de la extrema flexibilidad ambiental y laboral que exigen las grandes corporaciones para asentarse temporalmente en un territorio.
El fin del ciclo extractivo y el desecho social
La lógica del extractivismo puro opera bajo la temporalidad de lo efímero. Explota recursos no renovables, erosiona el capital social, satura los servicios básicos y, una vez cumplido su ciclo de máxima ganancia, abandona la región dejando la periferia destrozada y transformando comunidades enteras en zonas de desecho. Discutir el desarrollo hoy en Río Negro exige, de manera urgente, contraponer la solidez de los lazos comunitarios a la liquidez del capital transnacional, subordinando la acumulación corporativa a la sostenibilidad de la vida, el trabajo local, la infraestructura sanitaria y la soberanía sobre el territorio.