Cuando Escribo, Me Digo
Con una voz casi silente, casi desprovista de eco, escribo.
Entiendo ahora mi vida, su porqué. Dedico mi tiempo a lo inexplorado. Siento cómo se me escapa la poca fe que me aferra.
En la mañana nublada, el viento teje remolinos en la tierra, llevándose sin clemencia jirones de este presente. La mirada, ya exhausta, anhela el regreso a un umbral onírico, a un descanso que roza lo eterno.
Escribo, en un intento por articular mi voz, esa misma voz acallada, casi muda.
Entiendo ahora mi vida, su porqué. Dedico mi tiempo a lo inexplorado. Siento cómo se me escapa la poca fe que me aferra.
Un día más de guerra, sembrado de almas moribundas. Un día más para la condena de la deuda perpetua. Otro día que amanece con sueños de nuevas partidas, mientras otros, desolados, sepultan a sus muertos.
Al escribir, vivo. Al redactar, me esfuerzo. Y este borrador no va al olvido; espera. Quizás un nuevo amanecer, o el inminente torrente de otra historia.