
No hace falta repasar el último siglo de mezquindad sociológica que los argentinos se han prodigado para volver a un lugar común doloroso: la confirmación de los brillos individuales y la incapacidad no ya de funcionar como una república que sintetice los valores de la libertad y la igualdad, sino de vivir lejos de la anomia y de los peores vicios de la civilización.








