El costo de no pensar: cuando la comprensión social se vuelve «innecesaria»

Hace pocas horas, el presidente Javier Milei ratificó un rumbo claro en su política científica y educativa: avanzar hacia «la eliminación de gastos innecesarios en áreas sociales y politológicas». La frase, contundente, no es solo un recorte presupuestario; es una declaración de principios sobre qué tipo de sociedad se busca construir. Y es ahí donde debemos detenernos.

Al etiquetar como «innecesario» el estudio de nuestra propia convivencia, se cae en una trampa utilitarista peligrosa. Se asume que el único conocimiento válido es aquel que tiene un precio de mercado inmediato o una aplicación técnica directa. Sin embargo, desde Nación Escriba, sostenemos que esta visión es miope.

La sociología, la ciencia política y las humanidades no son un lujo decorativo; son el sistema inmunológico de una sociedad democrática.

¿Por qué molestan tanto estas disciplinas? Quizás porque la mirada sociológica hace algo que a menudo incomoda al poder: desnaturaliza la realidad. Nos enseña que la pobreza no es una ley de la naturaleza, que la violencia no es inevitable y que los privilegios no son meros frutos del azar.

Estas ciencias trabajan en beneficio directo de la capacidad de pensamiento de las personas. Nos otorgan las herramientas para cuestionar, para no tragar entero, para entender que lo que nos pasa individualmente suele tener raíces colectivas.

Lejos de ser un «gasto», la investigación social desemboca en una actitud más comprometida con la comunidad. Es el combustible para la lucha contra las estructuras que perpetúan la desigualdad y la injusticia. Sin sociólogos, sin politólogos, sin historiadores, corremos el riesgo de convertirnos en una sociedad de técnicos eficientes pero ciegos ante el dolor ajeno; una sociedad que sabe «cómo» hacer las cosas, pero que olvidó preguntarse «para qué» y «para quién» las hace.

Desfinanciar el pensamiento crítico no genera ahorro; genera obediencia. Y una nación que renuncia a entenderse a sí misma, está condenada a repetir sus errores.

Defender las ciencias sociales hoy es defender nuestro derecho a no ser autómatas. Es defender la rebeldía de pensar.

nacionescriba

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