“No hay nada para robar”: Anatomía foucaultiana de una escuela en la periferia del poder

Un cartel pegado en el ingreso de la ESRN Nº 29 y el CENS Nº 2 sacudió la pasividad habitual con la que consumimos las noticias de actualidad: «Por favor, ya no ingresen más, no hay nada para robar». Más allá de la crónica policial o del enojo predecible por la inseguridad, este ruego desesperado funciona como un síntoma de época. Si usamos las herramientas conceptuales del filósofo y sociólogo francés Michel Foucault, el hecho deja de ser un simple delito para revelarse como la radiografía de una crisis mucho más profunda: el colapso de nuestras instituciones disciplinarias.

La fractura del muro institucional

En su célebre obra Vigilar y castigar, Foucault describió cómo la Modernidad construyó la escuela –junto a la prisión, el hospital y el cuartel- como un dispositivo de encierro diseñado para moldear cuerpos y mentes, convirtiendo a los individuos en sujetos «dóciles y útiles». Históricamente, la escuela operó bajo una fuerte autoridad moral y una vigilancia implícita (el principio del panóptico).

Sin embargo, la súplica de la comunidad educativa expone una línea de fractura. Al ser vulnerada repetidamente, la institución escolar pierde su poder simbólico y su capacidad de imponer orden. Ya no es vista por los asaltantes como un espacio sagrado de transformación social, sino como una estructura física despojada de respeto, un territorio de rapiña nocturna donde la vigilancia ha fallado por completo.

La paradoja del botín en la economía de la miseria

Foucault analizaba cómo el neoliberalismo produce un tipo particular de subjetividad: el homo economicus, un individuo que calcula sus acciones bajo la lógica del costo y el beneficio. El cartel de la escuela («no hay nada para robar») es un intento desesperado por apelar a esa supuesta racionalidad, comunicándole a los intrusos que el riesgo de ingresar ya no ofrece ningún dividendo material.

Lo trágico es que este escenario revela la emergencia de lo que podríamos llamar las «vidas precarias» de la exclusión extrema. Cuando se saquea una escuela pública cuyos recursos ya están diezmados, el acto delictivo desborda la lógica de la acumulación capitalista. Se convierte en un síntoma de una economía de la miseria absoluta o en un vandalismo nihilista; un reflejo de sujetos tan marginados que han roto cualquier contrato de racionalidad con el sistema.

La inversión del poder: La escuela suplicante

Para Foucault, el poder no es algo que se posee, sino una relación de fuerzas en constante disputa («donde hay poder, hay resistencia»). Tradicionalmente, el Estado y la escuela ejercen el poder institucional sobre las periferias a través de la educación, la norma y la integración.

En este acontecimiento asistimos a una dramática inversión de roles. La escuela se sitúa en una posición de absoluta sumisión y vulnerabilidad. Al asumir la ineficacia de los dispositivos de seguridad estatales (la policía o la justicia), la institución no amenaza con el castigo; adopta la posición del suplicante. Quienes sostienen el poder fáctico del espacio geográfico por las noches son aquellos que están fuera de la norma, forzando a la institución a desnudarse materialmente para apelar a la piedad de los desposeídos.

Biopolítica y los cuerpos «anormales»

Desde la perspectiva de la biopolítica, el Estado gestiona a las poblaciones decidiendo, a menudo por omisión, a quiénes proteger y a quiénes dejar en el abandono. Las escuelas periféricas o profundamente golpeadas por las crisis socioeconómicas habitan con frecuencia estas zonas de exclusión biopolítica.

Quienes entran a robar son, paradójicamente, los subproductos del mismo sistema que la escuela intenta integrar: los cuerpos «anormales» que los dispositivos disciplinarios de la sociedad no lograron asimilar con éxito. Al no haber sido contenidos por la máquina social, regresan a la institución no como alumnos, sino como los espectros de una exclusión que busca devorar lo poco que queda de la esfera pública.

Reflexión final

El ruego de la ESRN Nº 29 y el CENS Nº 2 no es solo una denuncia por desprotección; es el epitafio de la ilusión disciplinaria moderna. Nos confronta con la cruda realidad de que los muros institucionales ya no contienen ni cobijan, y que la vulnerabilidad ha alcanzado un punto tal donde la última defensa de la educación pública ya no es la fuerza de la ley, sino la trágica exhibición de su propia orfandad.

Fuentes: Informativo Hoy, Vigilar y castigar (Michel Foucault), Fundación Atlántica para la Investigación Social e Inteligencia Artificial (IA).

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