La ilusión de la vidriera: Puerto Madryn, el esnobismo cultural y la metáfora de la «mina cara»

Hay una frase de barrio, rústica pero filosa, que suele flotar en el aire cuando se habla de ciertos círculos intelectuales, revistas de nicho o plataformas de debate: «Eso es como una mina cara, no es para el pobrerío». A simple vista, parece un llanto de resentimiento o un chiste de café. Pero si le pasamos el filtro de la sociología del consumo, la metáfora es una radiografía perfecta de cómo opera la distinción de clases en el plano cultural. Pierre Bourdieu sonreiría en un rincón de la mesa.

Puerto Madryn es, en el imaginario colectivo, exactamente eso. Es la postal del golfo, el avistaje de ballenas en primera fila, el turismo internacional en dólares y el circuito gastronómico de elite. Una ciudad hermosa que se autopercibe y se proyecta como esa «mina cara» inalcanzable. Un oasis de exclusividad donde el derecho de admisión no está escrito, pero se siente en el aire. Pero detrás de la lucena de la costa se esconde la misma matriz socioterritorial de siempre: el pobrerío, como ocurre en tantas otras urbes del mapa, queda confinado a la periferia, empujado hacia los márgenes geográficos y simbólicos, bien lejos de la vidriera que la ciudad vende al mundo. El obstáculo para entrar a ese centro deseado no es solo la billetera; es el maldito capital cultural y la segregación del espacio.

En la cultura de elite, al igual que en los paraísos turísticos de centro y rambla, no hay un tipo de dos metros en la puerta que te dice si pasás o no. La exclusión es mucho más sutil y se juega principalmente en el impuesto al lenguaje y al consumo. Para sentarte a la mesa tenés que manejar la jerga y la billetera. Si no validás los mismos consumos o no ponés cara de entender el último giro estético, o el último circuito gourmet frente al mar, quedás afuera. El entorno te hace sentir de inmediato el rigor de la intemperie y la distancia kilométrica que separa al centro de los barrios olvidados.

A esto se le suma la mística de lo inaccesible, porque hay un goce perverso en el esnobismo. Para que el círculo rojo disfrute de su estatus, el producto tiene que ser lejano. Si se democratiza, si lo entiende o lo habita cualquiera, pierde el brillo. Si la periferia avanza y el pobrerío entra, la gracia se rompe y los sofisticados mudan su campamento a otro lado. Todo se sostiene, además, en la plusvalía del ocio. Consumir alta cultura o vacacionar en la primera línea de la costa requiere un tiempo y unos recursos que la diaria fagocita. El que corre doce horas diarias detrás del mango en las márgenes de la urbe no tiene el resto físico ni mental para descifrar ensayos de quinientas páginas ni para tomarse un café mirando los cruceros, por lo que la exclusión económica y geográfica se disfraza cínicamente de falta de interés.

«La cultura elitista funciona como esos destinos boutique: te cobran la estadía con una moneda que no se consigue en cualquier banco, sino en la cuna, en la academia o en la ventaja de habitar el centro.»

Ver la cultura, el debate de ideas o los espacios de pertenencia como esa «mina cara» inalcanzable expone la gran estafa de la democratización moderna. Las puertas están teóricamente abiertas para todos en la era digital, pero las llaves de los códigos de acceso se las siguen guardando los mismos de siempre.

El verdadero desafío de plataformas que patean el tablero como Nación Escriba no es bajarse el precio para dar lástima, sino demostrar que el pensamiento crítico, el filo intelectual y el disfrute no son propiedad privada de una aristocracia con OSDE. Es bajar la cultura del pedestal, sacarle el esmoquin, conectar el centro con la periferia profunda y demostrar que el barro, el mar, el asfalto marginal y el cerebro siempre caminaron juntos.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.