Llega diciembre y el aire cambia. No es solo el calor del verano; es una atmósfera cargada de imperativos sociales. De repente, el calendario nos impone una urgencia: la necesidad de juntarse, de cerrar ciclos, de comprar y, sobre todo, de consumir.
Llega diciembre y el aire cambia. No es solo el calor del verano; es una atmósfera cargada de imperativos sociales. De repente, el calendario nos impone una urgencia: la necesidad de juntarse, de cerrar ciclos, de comprar y, sobre todo, de consumir.