Ayer vivimos una de esas situaciones que desnudan la realidad de nuestros barrios y le dan sentido a cada hora que pasamos en el gimnasio. Le regalamos un protector bucal a un pibe que no tenía. Su emoción fue tan grande que no lo podía creer. Lo miraba, lo agradecía y decía: “No tenía, tenía que comprarme uno”.