A diferencia de las ciencias naturales -donde un físico estudia un átomo o un astrónomo analiza una estrella sin que estos objetos «interpreten» su propia existencia ni modifiquen su conducta por lo que la ciencia dice sobre ellos-, las ciencias sociales operan en un terreno radicalmente distinto. Los seres humanos no somos objetos inanimados; somos agentes informados que permanentemente interpretamos el mundo y le otorgamos sentido a nuestras prácticas diarias.