El despliegue discursivo de Javier Milei ha funcionado, hasta ahora, como una arquitectura de la evasión. Utilizando la lente de Slavoj Žižek, observamos cómo el señalamiento constante al «socialismo» y a la «casta» actúa como un fetiche que permite desplazar la culpa del malestar social hacia un enemigo externo y fantasmal. Sin embargo, esta narrativa está chocando con una verdad sociológica ineludible: la estructura del ajuste siempre posee una dirección gravitacional, descendiendo desde las cúpulas del poder real hasta depositarse en los hombros de quienes menos tienen. Lo que originalmente se presentó como una cruzada ética contra los privilegios de la política, se revela hoy bajo la cruda luz de los hechos como una transferencia de recursos que castiga al trabajador mientras protege los márgenes de beneficio de los sectores más concentrados.
La «Sociedad del Cansancio» que describe Byung-Chul Han alcanza aquí su expresión más dramática. El ciudadano, convencido de ser un «emprendedor libre», descubre que su libertad consiste únicamente en la autonomía para elegir en qué recortar su consumo básico. El lenguaje agresivo y la estetización del poder mediante la inteligencia artificial y los memes -esas imágenes de leones y guerreros que inundan las redes- comienzan a perder su capacidad anestésica. La estética de la crueldad, donde se festeja el despido o el cierre de instituciones como un triunfo sobre el «zurdaje», empieza a ser percibida no como una purificación del Estado, sino como un ataque directo a la red de contención del vulnerable. La gente comienza a notar que la «fiesta» que supuestamente se está terminando no era la suya, pero que la factura del evento sí ha llegado a su domicilio.
Sociológicamente, el concepto de «casta» ha sufrido una mutación irónica. Al integrarse al gobierno figuras que representan lo más rancio del pasado político y económico, el término queda vacío de su contenido original. El «proletariado», término que el discurso oficial intenta erradicar por considerarlo «colectivista», emerge nuevamente como una categoría de análisis necesaria: es el sector que, desprovisto de capital, pone el cuerpo y el hambre para sostener la macroeconomía. La paradoja de Milei es que su supervivencia política depende de mantener viva una fantasía heroica en un electorado que tiene el estómago cada vez más vacío. El goce del insulto al adversario es un placer efímero que no sustituye la seguridad material.
El desenlace de este experimento social dependerá de la velocidad con la que se rompa la membrana de la ideología. Cuando la base de la pirámide social comprende fehacientemente que el ajuste comienza siempre «por los de abajo» y que ellos son los verdaderos financistas de la estabilidad cambiaria, el hechizo del líder carismático se desvanece. Como advierte Žižek, el momento más peligroso para un sistema no es cuando la gente sufre, sino cuando deja de creer que su sufrimiento tiene un sentido superior. La reelección no se decidirá en el campo de batalla de los memes, sino en la capacidad de la realidad para imponerse sobre la ficción de una libertad que, para muchos, hoy solo significa el derecho a la intemperie.