«Entre el ‘caos’ mediático y la realidad: Las Grutas, el GNL y los dolores de crecimiento de nuestra costa.»

En tiempos de viralización instantánea, es fácil caer en la trampa del titular catástrofe. Últimamente, leer sobre nuestra zona se siente como leer una crónica policial. Se instala la idea de que Las Grutas es un «descontrol», que es «tierra de nadie», que cualquiera hace lo que quiere y que el Estado ha desaparecido.

Sin embargo, si nos detenemos a analizar la situación con una mirada sociológica, veremos que la realidad es mucho más compleja. No se trata de negar los problemas, sino de entender sus causas para no equivocarnos en el diagnóstico ni en la reacción.

La estigmatización del espacio: El mito de la «zona liberada»

Uno de los discursos más peligrosos es el que señala a la Bajada 1 como territorio hostil, propiedad de «fisuras». La difusión de videos de peleas (como el incidente con facas) funciona como combustible para un sesgo de confirmación: «¿Ven? Esto es Las Grutas ahora, viene lo peor».

Sociológicamente, esto es un recorte malicioso. Un video de 30 segundos no define la convivencia de miles de personas. Generalizar un hecho delictivo para estigmatizar a un sector social es clasismo solapado. Las Grutas es un destino popular y masivo; etiquetar el espacio público como «nido de delincuentes» genera una profecía autocumplida que termina segregando y expulsando a las familias.

El desafío de la escala: Un mapa que se triplicó

Criticamos la falta de control en la peatonal, pero olvidamos la explosión territorial. El Estado hoy gestiona un archipiélago de destinos: Punta Verde, Los Tamariscos, La Mar Grande, Punta Perdices y el Puerto del Este.

¿Hay falencias? Sí. Pero entender esto solo como «desidia» es un error. El recurso humano que antes cubría tres bajadas, hoy debe cubrir kilómetros de costa. No es un «aquelarre» voluntario; es la tensión de una infraestructura que corre detrás de una demanda explosiva.

Nuevos actores: El fenómeno Motorhome

Se ha instalado un discurso simplista que tilda a los turistas de motorhome de «ratas», ignorando que es una tendencia mundial. El problema no es el turista, sino la falta de alternativas. ¿Dónde descargan sus aguas negras? Salvo excepciones en el Puerto, la infraestructura en SAO y Las Grutas es nula para ellos. Si estacionan mal, es porque no se les ofrece el lugar adecuado. No se trata de prohibir, sino de entender que es un nuevo turismo que exige servicios específicos, no insultos.

El horizonte GNL: Pensar la ciudad que viene

Aquí entra la variable crítica. Río Negro está a las puertas de un cambio histórico con la industria del GNL. Esto no es solo energía; es un shock demográfico. La llegada de estas industrias traerá miles de nuevos habitantes que necesitarán dónde vivir y dónde recrearse. Si hoy sentimos que los servicios turísticos están al límite, el desarrollo industrial debe ir obligatoriamente de la mano de la ampliación de las opciones turísticas y la infraestructura urbana. No podemos recibir el futuro con la mentalidad (ni las cloacas) de un balneario de los 90.

El rito de la queja cíclica: Ruido que no resuelve

Finalmente, hay un fenómeno social que se repite cada inicio de temporada: la multiplicación de la queja. Las redes se llenan de mensajes incendiarios sobre lo que falta o lo que está mal. Pero debemos ser honestos: la indignación digital no tapa baches ni pone policías. Este «deporte» de la queja constante solo genera un clima de malestar social y angustia que no aporta soluciones. El vecino de a pie de San Antonio o de Las Grutas no tiene la culpa de la falta de planificación, ni tiene la lapicera para firmar las obras que faltan. Cargar a la comunidad con negatividad solo daña la convivencia entre nosotros, sin resolver los problemas de fondo.

Decir que es «tierra de nadie» es un discurso fácil pero destructivo. Enfrentamos el desafío de administrar el crecimiento actual y prepararnos para el impacto del GNL.

Hay errores a corregir, sí. Pero la crítica debe servir para exigir una planificación estratégica, no para amargarnos la vida entre vecinos. No somos un caos sin remedio; somos una región en plena transformación que necesita dejar la queja automática para empezar a pensar en serio la ciudad del futuro.

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