Era un domingo de fines de mayo de 1977. En Río Colorado, el frío no era cuento de viejas;
te calaba hasta los huesos, cortesía del viento patagónico que no pedía permiso. Hoy se
sueña con estadios climatizados, pero en esos tiempos, tener una cancha propia ya era un
logro, y con un alambrado, ¡una proeza! Aunque, claro, uno se las arreglaba con lo que había,
que no siempre era mucho. En la humilde cancha de tierra del Club Villa Mitre, con el
alambrado perimetral que la comisión directiva de «La Villa» había levantado a puro pulmón
(seguro que más de uno terminó con lumbago), se jugaba un partido más. La reserva o
tercera de «El Fortín» , el Club Atlético Defensores de Buena Parada, se medía contra el
equipo local.
El ambiente era el clásico del fútbol pueblerino: bicicletas tiradas por ahí, un par de autos
que parecían venidos de otra década, y la ronda de mates que circulaba más rápido que la
pelota, calentando lo que el sol no lograba. La poca hinchada, envuelta en cuanto abrigo
encontró, seguía las acciones con la misma pasión que un perro persigue su cola. Gritos de
directores técnicos que casi se quedaron sin voz, indicaciones de capitanes que volaban
con el viento, y el inconfundible «tac» de la pelota de cuero, que sonaba como un tambor
tribal. El campo de juego, más que cancha, era una extensión de la pampa. Cada pique era
una ruleta rusa, y las corridas levantaban una tierra que te hacía guiñar los ojos. Los
jugadores, con sus camisetas ya de un color exclusivo «barro y tierra», se entregaban al
juego con una valentía que hoy sería ovacionada. Para ser más específicos, las camisetas
de Buena Parada eran rojas con vivos blancos, aunque el uso y el sol las habían teñido de
un tono casi rosado . Las de Villa Mitre, azules y amarillas, también estaban tan desteñidas
que el color original era casi una leyenda urbana . Correr, saltar y meter la pierna en ese
terreno era menos un deporte y más una audición para el Cirque du Soleil, todo por el amor
a la camiseta, claro.
El árbitro, el conocido Juan Montiel , dirigió la orquesta, flanqueado por sus asistentes,
Antonio «Tulo» Méndez (banderín rojo) y Timoteo Allalef (banderín amarillo). Hombres de
pocas palabras, sí, pero con una agilidad visual que ya quisieran los jueces de línea actuales.
Y entonces, llegó el momento que transformaría un partido común en leyenda. Un despeje
desesperado de uno de los mellizos Zamataro mandó la pelota a volar más allá del
alambrado, justo cuando Félix Tejorick se perfilaba para el gol tras un pase quirúrgico de
Carlitos Anduelo . La pelota se perdió en el horizonte, y aquí viene la clave: cada vez que el
balón se iba, recuperarlo era una odisea . A veces, algún vecino de alma caritativa la
devolvía. Pero muchas otras, tocaba emprender una expedición, porque las pelotas no
sobraban, ¡y perder una era casi como perder un familiar!
La suerte quiso que, en ese preciso instante, apareciera en escena el verdadero
protagonista de la tarde: un hombre de campo, sereno, montado en un zaino, que pasaba
al trote tranquilo por las inmediaciones, como recorriendo un campo . Al ver la pelota
fugitiva, este jinete, ajeno al drama futbolístico pero con el instinto del juego a flor de piel,
no dudó. Se apeó de su caballo con la tranquilidad de quien hace un favor de todos los días,
y con un alpargatazo de derecha digno de un centrodelantero de élite —calzando esas
conocidas «ruedaluna» o «bigotudas» azules con suela de yute, que se usaban sin medias y
no fallaban—, devolvió el balón al campo. ¡Ni Messi la ponía ahí con esa precisión! La
imagen de ese hombre de campo, devolviendo la pelota para que la pasión no se frenara,
quedó grabada en la retina de todos como un gol inesperado .
El encuentro de reserva continuó como si nada, con la memoria dictando un modesto
empate final: uno a uno .
Luego, llegó el turno de la Primera División . El frío no había aflojado, y la expectativa por el
partido estelar se sentía en el aire, pesado por la humedad y el viento. La cancha de «La
Villa» volvió a ser el escenario de otra batalla. El partido fue cerrado, disputado, con pocas
chances claras para ambos equipos. Pero la suerte, o más bien la habilidad, estuvo del lado
de los locales. En un momento crucial, el árbitro Juan Montiel señaló un penal a favor de
Villa Mitre. La hinchada contuvo la respiración. El encargado de ejecutar la pena máxima
fue «Lalán» Guerrero, no falló, y su gol de penal sentenció el 1 a 0 final a favor de «La Villa» .
La alegría estalló entre los pocos presentes, un grito de gol que se elevó sobre la estepa.
Ese día de mayo de 1977, en la humilde cancha de «La Villa» en Río Colorado, no solo se
jugó al fútbol; se tejió una anécdota entrañable, forjada a puro esfuerzo y coronada por la
intervención inesperada de un héroe de alpargata, y la victoria agónica de los locales. Fue
una jornada que demostró que la verdadera pasión por el juego no entiende de límites, ni de
alambrados, ni de temperaturas bajo cero.