Arder para existir

Lo que vemos en las pantallas parece una escena distópica: adolescentes envueltos en llamas por elección propia. Mientras el video corre, la sociedad oscila entre el morbo y la condena, pero hay un actor en esta tragedia que queda sumido en el silencio más absoluto: la familia.

Para comprender este fenómeno, no basta con mirar al joven que sostiene el encendedor; hay que mirar también el abismo que se abre en el hogar.

La lógica del algoritmo vs. la lógica del cuidado Los jóvenes actúan bajo el mandato de la sociedad del espectáculo: en la economía de la atención, el cuerpo es una mercancía y el riesgo es la moneda de cambio para comprar validación. Han internalizado que «ser es ser visto», y si el precio de existir en el feed es el dolor físico, el intercambio les resulta rentable.

Frente a esto, la sorpresa de los familiares no es solo angustia; es una profunda desorientación sociológica. Los padres y madres quedan paralizados porque las herramientas tradicionales de crianza —el consejo, la prohibición, el «sentido común» de la autoconservación— se vuelven inútiles frente a la dopamina de la viralidad.

La ruptura del refugio La familia se encuentra ante una realidad que no sabe cómo decodificar. ¿Cómo se protege a un hijo de un peligro que él mismo busca activamente? La sorpresa deviene en parálisis porque la lógica del cuidado (preservar la vida) choca frontalmente con la lógica del algoritmo (arriesgar la vida por views).

El hogar, históricamente el refugio contra las amenazas del exterior, ha sido perforado. La amenaza ya no está «afuera», en la calle, sino en la intimidad del cuarto, mediada por una pantalla. Los adultos se descubren espectadores pasivos de una cultura digital que reescribe las reglas de la supervivencia, dejándolos sin guion, sin saber qué hacer ni cómo intervenir ante un hijo que prefiere arder antes que ser invisible.

Este reto viral no solo deja cicatrices en la piel de los chicos; deja en evidencia la fragilidad de los vínculos intergeneracionales actuales. Nos muestra a una juventud que grita por identidad a través del fuego, y a un mundo adulto que mira atónito, incapaz de entender en qué momento el «like» se volvió más valioso que la propia vida.

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