Ayer volví al ruedo. Me invitaron a jugar un partido en el Complejo Sur Padel de nuestra ciudad, San Antonio Oeste. Es un espacio que, desde hace no menos de 14 años, es testigo de mis idas y venidas, viéndome —y viéndonos— intentar jugar a algo que, con suerte, se le parezca a este deporte.
La cancha armó sus bandos. De mi lado, «Facu» Garrido como compañero de batalla; enfrente, «Lito» y «Kevin». Fue un cruce de generaciones. En el caso de «Facu» y Kevin, la juventud que los precede no solo hace que jueguen más que bien, sino que tienen la grandeza de divertirse con nosotros, los «seniors» (usemos este término para evitar el más coloquial y duro «veteranos»).
Entre punto y punto, mientras el aire empezaba a faltar, se me vino a la mente la viva imagen de «Matu» Roco. Lo recordé de muy pequeño, cuando andaba dando vueltas por las canchas pidiendo un lugarcito para paletear y nosotros, los más grandes, le decíamos: «Dejate de joder, nene». Él, muy respetuoso, hacía silencio y se retiraba.
Pero el tiempo, que es el juez de todo, lo vio crecer. Aquellos que antes no queríamos jugar con él, de pronto nos deteníamos a verlo. Lo veíamos devolver, «driblear», «fintar» y rematar con una vehemencia digna de admirar. Nos reíamos y decíamos: «Creció el nene». Y cuando le tocaba jugar contra nosotros, lejos de la soberbia, nos alentaba con un «¡Dale viejo!». Jamás nos faltó el respeto, aunque quizás nosotros, en su infancia, a él sí.
Ayer, mientras observaba a «Facu» – a quien también vengo viendo evolucionar desde nene – pensaba en todo esto. Mucho no podía pensar, honestamente, porque estaba más que agitado intentando seguirle el ritmo. Pero veía en él cuánto futuro hay, cuánta proyección y cuánto capital humano que podría ser puesto en consideración para mejorar el deporte local.
Uno de los principios que destaco de mi «compa» de ayer es ese mismo respeto que tenía «Matu». En vez de mostrar enojo por una mala jugada mía, «Facu» alentaba, se reía y tiraba el salvavidas: «No pasa nada, vamos de nuevo».
Al terminar, me despedí dándole la mano a «Tito», que en su oficio de «canchero» de años sabe cómo manejar a los clientes y hasta a veces debe oficiar de psicólogo. Porque el pádel, y la vida en SAO, tiene un poco de eso: es terapia y encuentro.
Hoy temprano, mate de por medio, la nostalgia completó el cuadro. Se me apareció la imagen del «Papurri» y recordé una anécdota en Sierra Grande, cuando «Matu» jugaba de compañero con su papá. Las cosas no le salían bien al binomio Roco y el pibe, enojado y competitivo, le profirió a su progenitor aquella frase lapidaria: «No sé para qué te traje».
El recuerdo se me hace nudo cuando pienso en aquella tarde calurosa del 2023
, cuando «Matu» Roco, nuestro «Papurri», se fue al más allá. Pero me gusta pensar que su energía no se perdió. Hoy debe andar navegando las aguas del Golfo San Matías, acompañando a cada pescador artesanal que va en busca del sustento para su familia.
Cosas así vinieron a mi mente. Sonrisas que deja el deporte, lecciones de los pibes que vienen pidiendo pista y la certeza de que, en una cancha de pádel, se juega mucho más que un partido.