Llega diciembre y el aire cambia. No es solo el calor del verano; es una atmósfera cargada de imperativos sociales. De repente, el calendario nos impone una urgencia: la necesidad de juntarse, de cerrar ciclos, de comprar y, sobre todo, de consumir.
Las fiestas de fin de año, bajo el disfraz de la tradición religiosa o familiar, han mutado en una suerte de paganismo moderno de mercado. Ya no adoramos al sol ni celebramos el nacimiento sagrado con austeridad; adoramos al exceso.
El ritual de la carne y el olvido
¿Cuál es el sentido real de comprar comida de forma desmedida? La mesa se convierte en un altar de sacrificio animal: el cordero, el lechón, el asado interminable. No comemos para saciar el hambre, comemos para tapar huecos.
Y luego está la bebida. En la jerga popular, muchos no buscan brindar; buscan «ponérsela en la pera». Ese deseo de embriaguez extrema no es casualidad ni mera diversión. Es una fuga. En una sociedad que nos exige productividad todo el año, el alcohol en las fiestas funciona como un anestésico social permitido. Bebemos para tolerar la reunión, para tolerar al pariente que no vemos en todo el año, o para tolerarnos a nosotros mismos ante el balance de lo que no logramos.
La hipocresía de la «bondad» temporaria
Quizás lo más fascinante —y agotador— es la hipocresía latente en la reconciliación navideña. ¿Por qué la gente pretende «ser buena» justo ahora?
Existe una presión tácita para simular armonía. Nos sentamos a la mesa con personas con las que no compartimos valores ni afectos reales el resto de los 364 días, bajo la bandera de «la paz y el amor». Es una bondad performática, una tregua falsa que dura lo que tarda en consumirse el brindis.
La mirada de Byung-Chul Han: La agonía del ritual
Si invitamos al filósofo surcoreano Byung-Chul Han a nuestra mesa navideña, probablemente nos diría que hemos perdido la capacidad de celebrar verdaderamente.
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La desaparición de los rituales: Han sostiene que los rituales son acciones simbólicas que crean «comunidad sin comunicación». Sin embargo, nuestras fiestas actuales no son rituales; son eventos de consumo. El ritual requiere repetición sagrada y pausa; el consumo requiere novedad y aceleración.
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La Sociedad del Cansancio: Llegamos a fin de año agotados, siendo nuestros propios explotadores. La fiesta no es un descanso, es otra tarea más en la lista de rendimientos. Tenemos que «pasarla bien», tenemos que subir la foto perfecta, tenemos que mostrar felicidad.
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El Infierno de lo Igual: Según Han, buscamos al «otro» (la familia, el amigo) pero en realidad solo buscamos el reflejo de nosotros mismos. La «reconciliación» es cosmética porque no hay verdadera alteridad; hay narcisismo. Nos juntamos no para conectar profundamente, sino para validar nuestra existencia social en un entorno controlado.
Conclusión
Comer el cordero y brindar hasta el exceso puede ser disfrutable, pero no nos engañemos. A menudo, es un intento desesperado de sentir vitalidad en una vida adormecida por la rutina. Quizás el verdadero desafío de estas fechas no sea comprar más ni «ser buenos» por decreto, sino recuperar un sentido de encuentro real, despojado de la hipocresía del mandato social.