Vivimos en una época profundamente paradójica. Bastan un par de toques sobre un vidrio templado para saber qué hace alguien al otro lado del planeta, para enviar una señal de afecto instantánea o para consumir horas enteras de estímulos ajenos.
Vivimos en una época profundamente paradójica. Bastan un par de toques sobre un vidrio templado para saber qué hace alguien al otro lado del planeta, para enviar una señal de afecto instantánea o para consumir horas enteras de estímulos ajenos.