Los datos de la encuesta de CEOP Latam sobre el impacto del partido Argentina-Inglaterra en el Mundial 2026 no son solo estadísticas de opinión pública; son la radiografía de una tensión viva entre el plano de las emociones colectivas y las estructuras de poder. Para comprender este fenómeno donde el fútbol se vuelve soberanía y el Estado se transforma en censor, resulta fundamental cruzar las miradas de Gilles Deleuze y el sociólogo argentino Ricardo Sidicaro.
El Mundial como Máquina Deseante y Desterritorialización (La mirada de Deleuze)
Para Gilles Deleuze, la sociedad no se mueve únicamente por ideologías abstractas o leyes, sino por flujos de deseo e intensidades afectivas. En este marco, el Mundial de Fútbol opera como una verdadera máquina deseante. El partido contra Inglaterra funcionó como un catalizador que liberó un flujo afectivo históricamente reprimido o latente en la psiquis social. Cuando el 72% de los encuestados afirma que el partido fue algo más trascendental que el fútbol, se produce lo que Deleuze llamaría una desterritorialización del reclamo: la causa Malvinas se desplaza del plano puramente diplomático o institucional y se reterritorializa en el campo de juego. El fútbol deja de ser un simple deporte para volverse memoria, dolor y orgullo en estado puro.
Asimismo, al exhibir la leyenda «Las Malvinas son argentinas» al final del encuentro, los jugadores de la Selección actuaron como una línea de fuga. Respaldados por un aplastante 83% de la ciudadanía, los futbolistas escaparon a los códigos estrictos impuestos por la FIFA y por el propio Gobierno para conectar directamente con el deseo de la masa popular. En términos deleuzianos, la Selección encarnó un devenir-pueblo que desbordó la norma y expuso la potencia del afecto por encima de los reglamentos.
La Crisis de Legitimidad y la Anomia Institucional (La mirada de Sidicaro)
Por su parte, Ricardo Sidicaro nos legó una sociología lúcida sobre el desencuentro crónico entre la sociedad argentina y sus instituciones políticas, analizando cómo el Estado suele fracturarse al no poder canalizar ni interpretar las identidades colectivas. El hecho de que el 65% de los argentinos rechace la prohibición oficial de portar banderas de Malvinas ilustra a la perfección este diagnóstico. Mientras el Poder Ejecutivo actúa bajo una racionalidad burocrática o de conveniencia geopolítica internacional, la ciudadanía exige una representación que responda a sus matrices culturales e identitarias más profundas.
Para Sidicaro, este escenario expone un severo déficit de representación y una vulnerabilidad en la autoridad política. Cuando un Gobierno prohíbe un símbolo que la inmensa mayoría de la población apoya ver en sus ídolos deportivos, la institución gubernamental deja de generar orden y legitimidad, autoexcluyéndose de la comunidad emocional de la nación. Se evidencia así una falta de sintonía fina entre la agenda del poder formal y las demandas de sentido de la sociedad civil.
El Estado frente al Cuerpo Colectivo
El informe de CEOP Latam deja al descubierto una paradoja sociológica fundamental. Mientras el Estado intenta sobrecodificar y enfriar el espacio público -prohibiendo banderas para evitar conflictos o sanciones institucionales-, el cuerpo social hierve en una dirección exactamente opuesta.
El Mundial 2026 demostró que la causa Malvinas no es una política pública que se gestiona en la frialdad de un escritorio, sino un afecto colectivo vivo. Cuando las instituciones del Estado intentan reprimir estos flujos en lugar de canalizarlos, no logran neutralizarlos; por el contrario, profundizan la brecha y la desconfianza ciudadana hacia sus propios gobernantes, dejando la verdadera representación soberana en manos de los pies de sus futbolistas.