Primero hay que saber sufrir: ¿Por qué la Selección necesita el drama para encontrarse con su identidad?

A primera vista, para el ojo desprevenido de la geopolítica tradicional, un enfrentamiento futbolístico entre Argentina y Cabo Verde podría parecer un mero trámite del calendario internacional. Sin embargo, en el laboratorio de la identidad argentina, ningún partido es solo un partido. La ajustada -y sufrida victoria de la Selección Nacional nos ofrece una radiografía perfecta de nuestras mitologías cotidianas.

Históricamente, los argentinos hemos construido nuestra identidad sobre dos grandes ficciones: la excepcionalidad europea y el mito del destino de grandeza. Cuando la pelota rueda, estos mitos se tensionan. Enfrentar a Cabo Verde -una nación insular africana, históricamente invisibilizada por el eurocentrismo imperante en nuestras narrativas escolares- despierta un fenómeno sociológico fascinante: el miedo al «desclasamiento» deportivo, mezclado con la épica de la resistencia.

La matriz tanguera: «Primero hay que saber sufrir…»

Es imposible decodificar el partido de ayer sin recurrir a la matriz filosófica que nos parió como cultura popular: el tango. Cuando Homero Expósito escribió en Naranjo en flor aquella máxima implacable de que «primero hay que saber sufrir, después amar, después partir», no estaba componiendo solo una letra de bandoneón; estaba redactando el manual de la psicología de masas de este país.

En Argentina, el fútbol y el tango comparten el mismo ADN existencial. La victoria ante Cabo Verde no fue un triunfo estético ni un paseo; fue un calvario reconvertido en desahogo. Para el hincha argentino, el triunfo sin anestesia no genera un placer genuino, genera sospecha. Necesitamos el drama, la inminencia del fracaso, el nudo en la garganta.

Ayer, la Selección nos arrastró por el fango del sufrimiento táctico frente a un rival físicamente superador, para recién ahí, en el último suspiro, habilitarnos el derecho al amor por la camiseta. Garantizamos el «amar» porque aprobamos la materia previa del «sufrir».

El Calvario Deportivo El Desahogo Colectivo
[ 90 min. de sufrimiento ] ──> [ El gol agónico / El amor ]

Las dos caras de la misma moneda identitaria

A partir de esta matriz, el partido de ayer puede analizarse desde dos narrativas que coexisten en el living de cualquier hogar argentino. Por un lado, nos topamos con la mitomanía del «Merecimiento Propietario», aquella perspectiva que dicta que, por portar la camiseta de las tres estrellas, el triunfo nos pertenece por derecho divino. El sufrimiento ante un rival impecable como Cabo Verde descoloca esta soberbia y genera una angustia existencial que nos hace preguntar por qué nos cuesta tanto si se supone que somos los mejores.

Por otro lado, emerge la liturgia del «Sufrimiento Conductor», que es la certeza de que el dolor es pedagógico. El fútbol opera así como una metáfora de nuestra historia económica y social: si no se sufre, no vale. El desahogo final purifica porque se percibe como el premio al aguante y la resiliencia, nunca a la comodidad.

Descolonizar la mirada (y la pelota)

El verdadero triunfo de ayer no está en el marcador, sino en la lección sociológica que el rival nos propinó. Durante noventa minutos, el eurocentrismo futbolero argentino chocó contra la realidad de un fútbol globalizado, donde la periferia ya no pide permiso para entrar a la cancha.

Ganarles nos alivia, sí. Pero la dificultad para lograrlo nos recuerda que la identidad no es un territorio conquistado para siempre. Al igual que en el tango, la gloria es un instante fugaz que se disputa, se sufre y se renegocia en cada rincón del planeta. Incluso ante una pequeña y gigante isla del Atlántico.

Fuentes e inspiración: Basado en el enfoque analítico de Alejandro Grimson (Mitomanías argentinas), con aportes de elaboración propia y asistencia de Inteligencia Artificial. Imagen de portada: The Sporting News.

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