No es la primera vez que lo ponemos sobre la mesa, pero la evolución del consumo y la política local nos obliga a mirar el fenómeno con otros ojos. Hablamos de esos espacios -reducidos a una radio, un portal satélite o una sola voz- que han decidido construir su identidad exclusivamente desde la crítica sistemática y el ataque personal.
Sin embargo, está pasando algo que la sociología contemporánea explica a la perfección: el mensaje ya no cala, la indignación impostada se diluyó.
La crítica en los tiempos de la «Modernidad Líquida»
Si apelamos al gran Zygmunt Bauman, entenderemos que vivimos en una sociedad donde las estructuras fijas se han derretido. En esta modernidad líquida, las verdades absolutas no existen y las instituciones tradicionales se resquebrajan.
Por eso, el intento de estos operadores locales de construir un relato sólido basado en el facilismo -disfrazar a una gestión municipal como «nefasta», plagada de «personajes inútiles» y sueldos exorbitantes- choca contra la volatilidad del pensamiento actual. El ciudadano de hoy es un consumidor fluido: ya desarrolló un detector infalible contra el discurso rancio. Sabe perfectamente desde dónde se emiten esos mensajes, qué hilos se mueven detrás y qué se pretende lograr. En el mundo líquido de Bauman, un discurso tan predecible y pesado termina por hundirse solo.
La gente ya no compra indignación empaquetada. Cuando la intencionalidad política o el resentimiento comercial son tan evidentes, el mensaje pierde su solidez y se vuelve agua entre los dedos.
San Antonio Oeste y la «Sociedad del Riesgo»
Por su parte, el sociólogo alemán Ulrich Beck introdujo el concepto de la «Sociedad del Riesgo», explicando que las comunidades modernas conviven con una incertidumbre constante que las instituciones intentan gestionar.
Llevado a nuestra escala local, una gestión municipal -con sus aciertos y errores- es un entramado complejo de gestión de riesgos y realidades institucionales. San Antonio Oeste tiene 9 concejales que representan el voto popular, no una imposición. Escandalizarse o denunciar un «complot» porque una mayoría oficialista decide blindar al Ejecutivo es demostrar una ignorancia supina sobre cómo funciona la arquitectura de la democracia actual. No se está descubriendo nada nuevo; es la lógica institucional.
Como bien advertía Beck, los problemas complejos no se resuelven con respuestas simplistas. Pretender que una radio o un locutor trasnochado actúen como el Tribunal de Cuentas o el auditor oficial de una ciudad es una confusión de roles alarmante. La gestión pública se audita en las instituciones y en las urnas, no en un micrófono descalibrado.
La globalización biográfica: El escape de las propaladoras domésticas
El quiebre definitivo de estos «gurúes» locales se da en el terreno cultural. Bauman y Beck coincidían en que la globalización y la tecnología individualizan el consumo. El ciudadano ya no está atrapado en el aislamiento geográfico que lo obligaba a sintonizar la única radio del pueblo.
Hoy, la atención de las nuevas generaciones migró hacia plataformas como LUZU u OLGA, al universo infinito de los audiopodcast y a aplicaciones de streaming que les permiten construir su propia agenda informativa y de entretenimiento.
Este acceso global ha bendecido a la comunidad local con la libertad de salirse del discurso único, direccionado y resentido de las viejas propaladoras domésticas. Al final del día, los sembradores de odio se quedan hablando solos en un dial cada vez más vacío, mientras los vecinos prefieren juzgar la realidad por lo que ven al salir de sus casas y no por lo que un viejo libreto les ordena pensar.