En San Antonio Oeste, la llamada «oposición» volvió a desplegar su método favorito: el amago constante, el titular ruidoso y una tibieza asombrosa a la hora de actuar. En medio de la discusión por las tierras del Parque Industrial y la iniciativa privada, montaron el clásico show de la indignación moral y anunciaron una recolección de firmas vecinales para frenar su tratamiento en el Concejo Deliberante. El resultado, a la vista de todos, no es más que laxitud, pereza política y una evidente falta de convicción.
Se juntaron en una confitería, convocaron a los medios de prensa, posaron para las cámaras y ensayaron discursos solemnes de barricada. Pero no se produjo una revolución francesa ni fue el 18 Brumario de Luis Bonaparte. No hubo pueblo en la calle, no hubo toma del poder ni epopeya cívica alguna; apenas un puñado de cafés servidos, micrófonos encendidos y una puesta en escena que duró lo que tardó en enfriarse la cuenta.
Para coronar el cuadro de época, se filmaron en reels de redes sociales cual jóvenes integrantes de ciertas tribus urbanas, impostando indignación y mostrando como una verdadera proeza heroica el mero hecho de pararse en la calle con planillas para juntar firmas. Y no más que eso. Creyeron que posar para el algoritmo de Instagram o TikTok sustituía la militancia territorial, celebrando una épica de cartón que no conmueve ni a la esquina donde se plantaron.
Si decodificamos esta escena bajo la mirada del sociólogo José de Souza Silva, el diagnóstico es demoledor: la dirigencia opositora confunde un cambio de época con una simple época de cambios. Souza Silva advierte sobre la profunda crisis institucional contemporánea, donde estructuras caducas intentan responder a nuevas realidades complejas recurriendo a viejos moldes inerciales que ya no interpelan a nadie. Esta oposición opera bajo lo que el sociólogo describiría como una «vulnerabilidad institucional»: creen que con rituales del pasado aderezados con poses digitales (el café con prensa, la declaración rimbombante, el reel testimonial) están disputando el poder, cuando en realidad solo reproducen una práctica obsoleta, desconectada de las dinámicas reales de la comunidad y carente de toda capacidad de innovación política.
Juntar firmas en una comunidad chica no es un misterio de la física ni una hazaña titánica; requiere trabajo de territorio, presencia real en los barrios y poner la cara frente al vecino. Sin embargo, el intento de este frente variopinto se diluyó como arena entre los dedos. Prometieron una pueblada administrativa y terminaron exhibiendo carpetas semivacías, mesas testimoniales y una desidia militante que deja en claro que la iniciativa nunca fue una causa genuina, sino una simple pantomima para el feed.
En este pantano, el vecinalismo local termina de diluir su propia identidad. El oficialismo lo había subido al ring deliberadamente para erigirlo en su rival principal y polarizar la cancha local; sin embargo, lejos de sostener ese perfil autónomo, fresco y de contrapeso vecinal, optó por amontonarse en un coro de caras conocidas de la vieja política que no tracciona más que sus propios votos. Un rejunte de sellos y dirigentes tradicionales desgastados que espantan a cualquier electorado independiente. En términos de Souza Silva, quedaron atrapados en la trampa de los actores convencionales que intentan resolver contradicciones emergentes asociándose con los administradores del viejo orden: al mimetizarse con el pasado que decían venir a superar, terminaron licuando su capital y mostrando una impotencia absoluta para construir una masa crítica real.
Esta oposición padece de un mal crónico: la pereza institucional. Hablan de «entregar el patrimonio», denuncian escándalos institucionales y redactan comunicados altisonantes, pero a la hora de construir músculo político real, les pesa la lapicera y les gana la comodidad de la mesa de café y la cámara del celular. Ni siquiera son capaces de sostener una junta de firmas con el rigor, la disciplina y la perseverancia que el tema supuestamente ameritaba.
Mientras tanto, el oficialismo de Juntos Somos Río Negro (JSRN) no necesita desesperarse. Fiel a su doctrina de repliegue en la gestión y sin entrar en el desgaste del barro cotidiano, juega con los tiempos a favor: en silencio, vuelve a ganar la partida de cara a las elecciones que serán en el 2027. Cuando la oposición confunde la política con un trámite desganado de confitería y unos reels de cotillón, ignora los desafíos del cambio de época y se refugia en los vicios de la vieja guardia, el resultado es siempre el mismo: mucho ruido de ocasión, nulo compromiso de fondo y una victoria servida en bandeja para quien sabe esperar.
Por Milton Albariño
nacionescriba@gmail.com