Hace tiempo una fuerza viene creciendo en mi interior. Debe ser, tal vez, por el legado del «Bocha» Albariño, quien en vida fuera mi padre. No lo sé. Él siempre fue una persona dispuesta a estar presente para ayudar a la comunidad. Los clubes de barrio, la escuela Nro. 14 de Buena Parada, la cooperadora policial, la del aeroclub, la liga de fútbol, el colegio de árbitros, las juntas vecinales… siempre estuvo para colaborar y dar una mano, desde su humildad, desde su sapiencia, poca o mucha.
No soy igual. Tal vez sea hasta un poco más egoísta, tal vez no tan lanzado a hacer cosas por el prójimo. Sin embargo, hace tiempo vengo pensando en salir de mi zona de confort: las cuatro paredes y el aire acondicionado no me atan ni me fijan. Decidí, entonces, volver a lo natural, a lo que puede resultar «menos cómodo». No se trata de dinero, no se trata de pedir más, se trata de trabajar en un equipo que dé soluciones a la comunidad.
En San Antonio Oeste, quizá la Acuaponía pueda, en parte, comenzar a devolver o a saciar esta necesidad que está imbricada en mi interior más profundo. A lo mejor logre, con las acciones a realizar, comenzar a sanar el alma, que duele, que pesa, que pide trabajar para comenzar a sanar.
La sociología irá en mi mochila, siempre conmigo, con mis apuntes, como una cámara de fotos, en mi bicicleta o de a pie. Pero ese cara a cara con el vecino es algo que no me quiero perder: ver los rostros de la gente cuando se les presenta una solución para que puedan, al menos, cultivar sus legumbres u hortalizas. Que ese ecosistema entre peces y plantas, que no tocan la madre tierra, les devuelva un poco de esperanza en los tiempos por venir.