¿Qué grieta? ¿Qué se supone que piensan ahora?. Cuando la imagen de la Selección Nacional mostrando la bandera con el reclamo eterno recorre el planeta, la famosa fractura social que nos autodiagnosticamos todos los días parece, al menos por un rato, una ficción menor. El reclamo se lee en todos los medios del mundo porque LAS MALVINAS SON ARGENTINAS. ¡Sí, señor! ¡De eso se trata! De plantar bandera donde sea, con orgullo y sin agachar la cabeza.
Para entender este fenómeno que va mucho más allá de una pelota, podemos cruzar miradas y ensayar algunas analogías teóricas. Si recordamos a Ricardo Sidicaro, el sociólogo argentino solía analizar con lucidez las crisis de representación y los desencuentros entre la sociedad y sus instituciones. En momentos como este, la Selección y la causa Malvinas operan como el verdadero y único «Estado simbólico» unificado. Donde las instituciones políticas fallan en generar consenso, el fútbol y la memoria histórica logran una cohesión identitaria inmediata.
Por otro lado, si traemos a Richard Sennett, el pensador estadounidense nos habla del valor del espacio público y del ritual compartido en sociedades fragmentadas. Este festejo funciona justamente como ese gran escenario público donde personas con realidades y posturas opuestas se reconocen mutuamente en un dolor y un orgullo comunes. Es la comunidad que se reconstruye a través del respeto por su propia historia. No sé si importa demasiado la teoría académica hoy, o tal vez sí, para ponerle palabras a lo que late en la calle.
Hoy estamos festejando un triunfo contra un rival deportivo que -seamos justos y evitemos generalizaciones absurdas- no mató a ningún soldado argentino en una cancha de fútbol. El deporte moderno no es una trinchera bélica.
Pero es imposible esquivar la memoria. La realidad es que la ambición de un imperio colonialista inglés enfrentada a la irresponsabilidad de una dictadura nacional obtusa y ebria generó la matanza de nuestros soldados. Eran pibes de 18 años, incorporados al servicio militar obligatorio, que fueron empujados al frente de batalla. Pibes que hoy deberían estar acá, sentados en la tribuna con sus familias, gritando los goles y disfrutando de este triunfo que también les pertenece. Su ausencia es el costo humano de un delirio histórico que todavía nos duele en el pecho.
Todo bien, es deporte, es fútbol. No confundimos los tantos. Pero detrás de la pelota subyace un sentimiento nacional indomable que corre por nuestra sangre y nuestras venas. No es resentimiento ciego; es el hilo invisible de la memoria colectiva que se activa en cada rincón del planeta cuando nos quieren ningunear.
Al final del día, cuando el mundo nos mira cantar y ve a nuestros jugadores sosteniendo ese trapo blanco con letras pintadas de color negro, se da cuenta de que hay fibras íntimas que ninguna crisis, ninguna disputa política y ninguna grieta van a poder romper jamás. Porque, juegue quien juegue y pase lo que pase, LAS MALVINAS SON ARGENTINAS.