El viento dobla la mata, pero no arranca la raíz: Gratitud a la «Scaloneta»

El mundial de EE.UU. 2026 ya es historia. «Ya fue», como dicen los pibes en la calle. Pero antes de que el análisis frío gane terreno, hay una urgencia superior, un mandato que nace de las entrañas de la tierra: decir gracias. Gracias a la Scaloneta por habernos regalado, una vez más, la pureza de la alegría colectiva, un fogonazo de luz en medio de tanta marea brava.

La mirada sociológica: Identidad y desmesura 

Para entender lo que pasa en las venas de este país cada vez que rueda una pelota, hay que despojarse del mero análisis deportivo. Como suele advertir el sociólogo Ricardo Sidicaro, las instituciones políticas y económicas en Argentina suelen fallar en su promesa de cohesión social. Ante ese vacío, el fútbol emerge no como un simple divertimento, sino como el único gran mito integrador de una sociedad fragmentada.

Sidicaro nos invita a ver que la hinchada argentina sorprende y desconcierta al mundo porque opera bajo la lógica de la desmesura. En una economía tambaleante, el hincha no hace un cálculo racional de costo-beneficio; se juega el capital que no tiene, vacía los bolsillos y cruza el globo por el imperativo de acompañar un sueño. Es la pasión llevada al extremo como respuesta existencial: cuando el futuro es inclemente, el presente se vive con el absoluto fervor del tablón. La Selección provee esa identidad compartida que la realidad cotidiana tantas veces nos niega.

La crónica histórica y el sentir de la meseta 

Pero la Argentina no termina en los flashes del Obelisco ni en las pantallas del centro. Si hacemos una lectura histórica profunda, de la mano del cronista e historiador Martín Casas, el verdadero pulso de esta pasión se abraza desde la periferia, en esa pretendida Argentina federal que no lo es ni lo será, pero que late con la fuerza del viento que dobla los coirones.

Desde el frío y el aislamiento de la meseta, el Sur vivió este mundial con el alma en vilo. Hablamos de una Patagonia que camina sobre las huellas del invierno largo y de los recuerdos vivos de 1982; una guerra que jamás debió haber sido, dictada por la crueldad, pero que dejó sembrado el más enorme y genuino patriotismo. Allí, donde defender el terruño y plantarse ante el colonialismo es parte de la memoria identitaria, el análisis de Martín Casas nos recuerda que el fútbol se tiñe de una épica distinta.

Bien lo sabía el viejo Elías Chucair cuando escribía sobre la templanza de nuestra gente frente a la adversidad de la Línea Sur. En este suelo nos acostumbramos a «aguantar el temporal con el lomo curtido», sabiendo que, a la larga, «siempre hay un rincón de esperanza donde el paisano se refugia». Para el sureño, la distancia no enfría el sentimiento; al contrario, lo hace más hondo, más callado, pero más firme.

Por eso, ver a la Selección caer de pie en el norte del continente tiene un eco histórico y patagónico. En un escenario geopolítico y deportivo que muchas veces se presenta adverso, hostil y ajeno, Argentina «plantó bandera».

Nada que reprochar: Caer de pie

La vida, al igual que la historia de nuestra patria, está hecha de estas batallas. No siempre se puede ganar; el triunfo y la derrota son dos caras de la misma moneda que forja nuestro carácter. Como el arriero que pierde algunos animales en la nevada pero sigue viaje, sabemos que la derrota no es el final si se cae con dignidad.

A este plantel no hay absolutamente nada que reprocharle. Habrá tiempo para la reflexión táctica y los balances de boliche, pero hoy toca reconocer la hidalguía del caído. En un mundo que nos quiere sumisos, este equipo demostró que se puede perder, pero jamás de rodillas. Caímos derrotados, pero de pie, con la mirada al frente y el orgullo intacto.

Porque como nos enseñó Chucair en sus versos sobre el rigor de la tierra: «el viento puede doblar la mata, pero no arranca la raíz».

¡Gracias, muchachos! Por el sudor, por las lágrimas y por recordarnos, en cada rincón del mapa, quiénes somos cuando nos une una misma bandera.

 

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