Discusiones para la plebe: Por qué el WhatsApp de la Radio no matará al Rey (ni salvará el Futuro)

En este 2026, San Antonio Oeste parece estar atrapado en una esquizofrenia comunicacional. Mientras la provincia de Río Negro atraviesa una metamorfosis estructural impulsada por la nueva matriz energética del GNL, el debate público local se ha hundido en lo que podríamos llamar una «dialéctica de la plebe». Siguiendo la advertencia de Pierre Bourdieu sobre la importancia estratégica de la información, observamos con preocupación cómo la gestión política busca su validación no en la eficacia administrativa, sino en la bendición de las propaladoras radiales. Se ha instalado la idea de que si algo no se dice en el dial, no existe; y peor aún, que el «aire» tiene la potestad de juzgar la realidad con la misma autoridad que un tribunal, cuando en realidad solo gestiona el ruido del momento.

Esta dinámica se nutre del «enjambre digital» que describe Byung-Chul Han: una masa de individuos aislados que, a través de treinta o cuarenta mensajes de WhatsApp, creen marcar el pulso de una ciudad. Es la psicopolítica del desprecio, donde el insulto -mimetizado de la retórica nacional- se convierte en la única herramienta de crítica. Frases como «son todos unos inútiles» o alusiones físicas descalificadoras sobre la «blancura del culo» de los funcionarios, no son más que descargas afectivas que buscan deshumanizar al otro. Sin embargo, quienes desde el anonimato o el micrófono dan por muerto al «rey» -la institucionalidad- basándose en este zumbido digital, cometen un error de cálculo histórico. El poder institucional posee una resiliencia que el ciudadano de a pie, obnubilado por el chisme matutino, suele subestimar.

Antonio Gramsci nos enseñó que la hegemonía se disputa en el sentido común, pero también que las crisis ocurren cuando lo viejo no termina de morir. En SAO, lo «viejo» no es la antigüedad de los sellos partidarios, sino esa reciclada retórica del vecinalismo romántico que, a pesar de su corta vida electoral, insiste con eslóganes gastados como «la oficina en la calle» y funcionarios «full-time». Se presenta como novedad lo que es una vieja estrategia de marketing de cercanía para esquivar la complejidad técnica. Se declama transparencia y orden para la tribuna, pero se silencia la necesaria articulación con el Estado Provincial y la desburocratización urgente que el nuevo polo productivo exige. Intentar decir que «todo está mal» porque así lo dicta el termómetro descalibrado de las redes es ignorar que los actos del Concejo Deliberante y del Ejecutivo quedan grabados, escritos y firmados. Esa huella administrativa es la única que sobrevive al tiempo, mientras que las palabras de la radio se las lleva, literalmente, el viento.

Nadie puede asegurar que San Antonio Oeste será la ciudad «top» del mañana si su dirigencia y sus críticos siguen prefiriendo la gratificación inmediata del «me gusta» o la cuota de aire radial por sobre la discusión de fondo. Las sesiones legislativas no son actos efímeros; son la base documental sobre la cual se construirá (o se destruirá) el futuro de la localidad. La incertidumbre que generan estos debates superficiales es solo una neblina pasajera. Al final del día, el destino de la ciudad no se decidirá por quién gritó más fuerte en un audio de WhatsApp, sino por quién tuvo la capacidad de ver más allá del enjambre y gestionar la realidad fáctica que los papeles, y no las redes, sostienen.

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