Detrás del «respiro» financiero: qué esconde el acuerdo entre EE.UU. e Irán para la periferia

En las últimas semanas, las secciones internacionales y económicas de los principales medios han respirado aliviadas. El anuncio del entendimiento y la tregua de 60 días promovida por la administración norteamericana con Irán -tras meses de una escalada que puso en vilo al mercado energético y financiero- fue recibido en Argentina como una «bendición de los mercados». Nos hablan de la baja del Riesgo País, de la estabilización del precio del crudo y de la viabilidad de un modelo que depende del financiamiento externo. El propio documento de 14 puntos del Memorando de Entendimiento (MOU), difundido recientemente por portales como Infobae, se presenta ante la opinión pública mundial como una hoja de ruta técnica e indiscutible hacia la paz.

Sin embargo, detrás de la aparente neutralidad de las pizarras de la bolsa, de la frialdad de los datos macroeconómicos y de la retórica legal del acuerdo, se esconde una trama mucho más profunda de dominación y asimetría social. Para desarmar este relato, vale la pena desempolvar la caja de herramientas del sociólogo francés Pierre Bourdieu. ¿Qué nos dice su mirada crítica sobre este «respiro» y las cláusulas del pacto global?

El tablero internacional como un campo de juego tramposo

Para Bourdieu, la vida social se divide en campos: espacios de juego independientes (la política, el arte, la economía) donde los actores compiten por el poder siguiendo reglas específicas. El mercado financiero global y la diplomacia no son árbitros neutrales ni leyes de la naturaleza; configuran un campo de poder ferozmente jerarquizado.

Cuando celebramos que Argentina pueda volver a endeudarse a tasas del 8% o 9% gracias a la distensión internacional, lo que estamos haciendo es aceptar las reglas de un juego donde nuestra posición es estructuralmente subordinada. Las categorías que miden nuestra viabilidad (como el «Riesgo País») son herramientas de clasificación impuestas por los agentes dominantes del campo (los fondos de inversión, el Tesoro norteamericano, los organismos multilaterales). Lo que la tecnocracia llama «oportunidad», la sociología crítica lo revela como la aceptación e internalización de nuestra propia dependencia.

Los 14 puntos del MOU: El manual de la dominación aceptada

El análisis sociológico se vuelve quirúrgico al observar la letra chica de los 14 puntos del acuerdo entre Washington y Teherán. Lejos de ser un pacto horizontal, el documento es un artefacto donde se plasma el monopolio de la violencia simbólica legítima.

  • La asimetría del control: Las cláusulas que exigen a Irán desmantelar centrifugadoras, sacar el uranio enriquecido de su territorio y someterse a una «inspección completa» demuestran quién ostenta el poder de clasificar y vigilar en este campo. Ni Estados Unidos ni sus aliados directos abren sus arsenales a la revisión; es el dominado el que debe ser transparentado. Las inspecciones operan aquí como ritos de institución donde la potencia hegemónica consagra formalmente la sospecha sobre el otro.

  • La falacia de la simetría: El punto que compromete a ambas partes a «respetar mutuamente la soberanía» es sociológicamente fascinante. Bourdieu insistía en que no hay mayor violencia simbólica que la que trata como iguales a quienes son estructuralmente desiguales. Dictarle a un país qué hacer con su desarrollo tecnológico y militar mientras se firma que «no habrá injerencia» es una contradicción lógica, pero una victoria política. El lenguaje jurídico logra el milagro de hacer pasar una imposición condicional por un acuerdo mutuo.

  • El Capital como domesticación: La lógica del quid pro quo detrás del memo (ofrecer el levantamiento de sanciones petroleras y un fondo de reconstrucción a cambio de «confiabilidad») no es otra cosa que la transacción de capital económico por sumisión política. El Estado periférico, asfixiado por el bloqueo, se ve obligado a internalizar el habitus occidental para asegurar su supervivencia material.

Violencia simbólica: ¿Estabilización para quién?

Aquí es donde el conflicto global conecta con nuestra realidad local. El concepto más agudo de Bourdieu para analizar este momento es el de violencia simbólica: aquella que no se ejerce con las armas, sino a través del lenguaje y de la imposición de categorías de pensamiento que los propios dominados terminamos abrazando como naturales.

El discurso oficial y mediático local nos vende este entendimiento internacional como un sinónimo de «estabilización» y «previsibilidad» para la Argentina. Aquí opera la magia social: se logra que el ciudadano común, el trabajador de a pie, asimile el éxito de las finanzas globales, la pax americana y el equilibrio de las corporaciones energéticas en Vaca Muerta como un triunfo propio. La violencia simbólica naturaliza la precariedad: nos enseña a celebrar el equilibrio macroeconómico de un orden global que, puertas adentro, sigue reproduciendo la fragmentación social y la desigualdad en nuestros territorios.

Desarmar el sentido común

Mirar este escenario con los ojos de Bourdieu nos obliga a levantar la alfombra de la geopolítica. El mentado «entendimiento» no es un hecho aislado que nos beneficia mágicamente; es la muestra de cómo las periferias -tanto las que firman los memorándums bajo amenaza de bombardeo como las que rearman su economía en el Sur global- acomodan el cuerpo al ritmo que imponen los dueños del juego.

La economía y la política internacional no pueden medirse solo en porcentajes de tasas de interés o en el cumplimiento de catorce puntos firmados a contrarreloj. Deben medirse en los niveles de autonomía real de los pueblos. Cuando nos vendan orden y alivio financiero, la sociología crítica siempre tendrá la tarea de preguntar: ¿A costa de qué? ¿Y a favor de quiénes?

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