De los viajes de Adorni al «Mesías» de Sierra Grande: Cuando la violencia simbólica choca con la realidad

Desde la sociología de Pierre Bourdieu, el lenguaje no es solo un medio de comunicación, sino un instrumento de poder. Lo que hoy denominamos «el relato de la casta» funciona como lo que el autor llamaría un acto de institución: una forma de nombrar el mundo para dividirlo entre «nosotros» (los puros) y «ellos» (los corruptos), sin alterar en absoluto las estructuras de dominación reales.

La construcción del enemigo y la ilusión del «Outsider»

Cuando se habla de «casta» desde el poder central, no se utiliza una categoría sociológica, sino una herramienta de violencia simbólica. La «casta» se vuelve un concepto elástico que sirve para deslegitimar al adversario, mientras los propios actores acumulan capital social (contactos) y capital económico a través de las venas del Estado.

Recientemente, en el Madrid Economic Forum, el presidente Milei redobló esta apuesta bajo el título «La moral como política de Estado», afirmando que la justicia social es un «robo». Sin embargo, mientras predica esta moralidad ante la derecha global, los hechos en casa cuentan otra historia.

El escándalo de los vuelos de Manuel Adorni y su entorno pone de manifiesto un Habitus de clase que se siente con el derecho natural de utilizar los recursos públicos. Adorni puede decir con total desparpajo que fue a «deslomarse» cinco días a EE.UU. porque, para Bourdieu, el privilegio es invisible para quien lo posee. Mientras tanto, ese «esfuerzo» retórico es un insulto para el peón de albañil, el recolector de manzanas o el trabajador del puerto en San Antonio Oeste, cuyo único capital es su cuerpo y su desgaste físico real.

El Mesianismo de Sierra Grande y la soledad de San Antonio

En nuestra provincia, este fenómeno adquiere tintes casi religiosos. El Diputado Nacional Aníbal Tortoriello-hoy reconvertido en representante del oficialismo-intenta operar una apropiación simbólica del proyecto VMOS en Sierra Grande. Se presenta allí con una estética de «mesías» o pastor que viene a iluminar el camino del progreso, como si el desarrollo económico fuera una gracia concedida por su sola presencia.

Sin embargo, este intento de acumular capital simbólico choca con la realidad del territorio. Ese «pastor» que pretende guiar a las masas se encuentra con una base de feligreses cada vez más exigua. Lo vimos en su reciente visita a San Antonio Oeste: un discurso que busca la «iluminación» pero que se queda solo en el eco de una sala con pocos asistentes. Para Bourdieu, el prestigio político depende del reconocimiento; cuando el «líder» habla y nadie lo sigue, lo que queda al desnudo es la pérdida de capital político y una desconexión total con el sentimiento popular.

El peso de la praxis

Bourdieu sostenía que las estructuras sociales tienden a reproducirse. El discurso de la «anticasta» ha terminado siendo el vehículo para que una nueva élite acceda a los privilegios de siempre, bajo una estética renovada y giras internacionales financiadas por el erario público.

Pero las redes sociales y el blindaje mediático tienen un límite: la praxis. Cuando la realidad del bolsillo choca contra la ficción del funcionario que viaja con privilegios -o el diputado que se cree iluminado -el relato cae por su propio peso. No se termina con una casta reemplazándola por otra; y no se guía a un pueblo con aires mesiánicos cuando la gente, de este lado del camino, ya conoce de sobra quiénes son los que realmente ponen el hombro.

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