Aunque la mona se vista de seda: apuntes sobre nuestra modernidad tardía

¿Vos creés que no lo sé, que no me doy cuenta, que lo hago adrede? A veces me detengo a mirar este circo digital y me pregunto: ¿cuál es la perfección que busco -o que me imponen buscar- a través de las redes sociales? ¿Acaso subir una foto mal dimensionada o de baja calidad me hace mejor o peor persona? ¿Acaso publicar un video que no esté editado con los mejores filtros me enaltece, o tan solo pretende venderme como si yo fuera un producto de góndola?

A menudo pienso en lo que advertía Zygmunt Bauman: estamos sumergidos hasta el cuello en una modernidad líquida. Vivo en una época donde todo fluye, nada perdura, y donde parece que lo único que importa es la «edición» constante de mi propia identidad. Me pregunto entonces: ¿acaso el error no me hace más humano? ¿No me hace más de carne, piel y hueso? ¿No me acerca, paradójicamente, a lo que verdaderamente soy?

Y ahí me surge la gran pregunta: ¿Qué somos, no? Esto somos. Lo de hoy somos. Porque lo que fui ya sucedió, se escurrió, y lo que seré… quién sabe.

Pero si voy a dejar que un algoritmo me maneje la vida, estoy en serios problemas. ¿Acaso es estrictamente necesario que yo publique justo cuando me lo ordene el pico de tráfico de Facebook o Instagram? ¿Debo mostrarme siempre prolijo, congruente, atildado, como un envase puramente «cosmético»?

Cuando analizo esto y me pongo los lentes de Talcott Parsons, entiendo que todo sistema social necesita que sus actores cumplan ciertos «roles» y se adapten a las normas para mantener el equilibrio. Hoy, esa gran estructura es el ecosistema digital, y el «rol» que me impone a la fuerza es el de ser una vitrina impecable. Salirme del libreto, no acatar la norma estética del algoritmo, el sistema lo ve casi como una «disfunción».

Pero decidí que no es necesario correr. Por lo menos, desde hace algún tiempo intento hacer ese ejercicio (y aclaro: no es necesario que me imiten). Estos celulares de alta gama no hacen más que invitarme a «individuarme», a encerrarme en mí mismo bajo la trampa de la hiperconexión, cuando sé de sobra que el ser humano es social, sociable y socializable por naturaleza.

Aún manejando las herramientas de esta modernidad tardía, siento que puedo -y debo- imprimirle mi propio toque humano a lo que hago. Cometer esa hermosa «disfunción» de permitirme un error ortográfico (o varios), una estrofa mal redactada, subir la foto de una situación que no sea de catálogo, mandar audios que no tengan calidad de estudio, o mostrar imágenes en video tomadas de forma casual y sin edición. Entendí que el error es mi huella dactilar.

Me lo imagino como una matra. Si la levanto y la miro del revés, ya no resulta tan atractiva. Esa belleza espectacular de sus patrones desaparece y lo que me queda a la vista es el entramado, los nudos ásperos, los hilos cruzados. Quizá observar ese reverso no sea lo más bello, pero así, con toda esa desprolijidad oculta, es como realmente está confeccionada. Con mis redes sociales pasa exactamente lo mismo: el sistema me quiere vender un diseño perfecto, pero oculta los nudos caóticos que me sostienen.

Claramente, los grandes medios y el propio sistema digital me exigen esa perfección, esa obediencia ciega al algoritmo. Me empujan a consumir lazos efímeros que, con la promesa de conectarme, en realidad me deshumanizan. Me dividen, me aíslan en mi propia pantalla, y me roban la posibilidad de habitar ese «tú a tú», esa cercanía tangible que necesito desesperadamente para tejer mi verdadera trama social, la de carne y hueso.

Pero frente a toda esta exigencia de plástico, frente a esta modernidad que me quiere pulido y líquido para resbalar sin fricción por las redes, elijo la aspereza de lo auténtico. Como dice el viejo coloquialismo argento: «por más que la mona se vista de seda, mona queda».

Mi esencia, con su reverso imperfecto, mis costuras a la vista y mis errores, no la puedo tapar con filtros. A fin de cuentas, soy el entramado de mis propios nudos, no la imagen editada que me exigen mostrar.

Por Milton Albariño

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.