De la epopeya mítica al espectáculo en Madrid: la vergüenza ajena como régimen político

Existe una operación temporal en la política contemporánea que rara vez ocurre a plena vista: la abolición del presente. Cuando Javier Milei toma el estrado -como se vio crudamente en sus intervenciones en España-, no administra una diplomacia de Estado ni una gestión cotidiana; despliega una liturgia de tensiones afectivas y simbólicas que el sociólogo Daniel H. Cabrera definió con agudeza como la polarización del imaginario social: el tiempo suspendido entre una memoria mítica y una promesa escatológica.

El relato libertario no dialoga con el aquí y el ahora. Su arquitectura reposa sobre dos extremos abstractos. Por un lado, se invoca una Argentina de fines del siglo XIX convertida en paraíso perdido: una era dorada despojada de tensiones sociales, reducida a métricas de crecimiento decimonónico que operan como dogma legitimador. Por el otro, se proyecta una redención a treinta años vista, cuya única condición de llegada es el peaje del dolor presente. El aquí y el ahora queda vaciado de valor político autónomo: el presente no se habita, se soporta como expiación.

Esta coreografía simbólica empalma de lleno con el diagnóstico de Cabrera sobre los imaginarios tecnológicos y la mediatización contemporánea. Milei no emplea las plataformas digitales como un simple megáfono; está constituido por su gramática de agresión y reducción binaria. Esa misma lógica algorítmica fue la que exportó a Madrid: al reducir las relaciones exteriores a descalificaciones viscerales («impresentable dictador», «zurdos», confrontación con periodistas y agravios institucionales), la diplomacia queda degradada a un set de televisión o a un campo de batalla para redes.

El resultado en el plano cívico es desolador: el impacto de ver al máximo representante de la Nación envuelto en tamaño ataque verbal genera en gran parte de la sociedad argentina una mezcla amarga de perplejidad y vergüenza ajena. La investidura presidencial, en lugar de encarnar la densidad histórica y la dignidad de un país, se exhibe convertida en un show de provocación que infantiliza y ridiculiza la presencia argentina en el mundo. La deliberación colectiva cede definitivamente su lugar al algoritmo de la furia.

Si la política moderna se fundaba en la disputa colectiva por el porvenir, el proyecto libertario privatiza la esperanza y reduce el pasado a un artefacto de consumo identitario. Frente al agotamiento de las promesas previas, la respuesta no fue el consenso, sino la radicalización de la fe sacrificial. La incógnita que interroga al cuerpo social excede la pizarra del tipo de cambio: ¿cuánto tiempo resiste una sociedad cuyo presente es pura intemperie y vergüenza cotidiana, mientras el sentido colectivo sigue hipotecado en un futuro perpetuamente diferido?

Referencias: Daniel H. Cabrera (Lo tecnológico y lo imaginario, 2006; Comunicación y cultura como ensoñación social, 2011), Cornelius Castoriadis y François Hartog.

Nota editorial: Borrador y estructuración conceptual asistidos con IA generativa; curaduría teórica, edición y revisión final de autoría humana.

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