El traqueteo del auto al cruzar la zanja mal cerrada se convirtió en la banda sonora cotidiana de San Antonio Oeste. Basta recorrer unas cuadras para comprobar la herida abierta en la trama urbana: donde antes corría la cinta negra y continua del pavimento, hoy asoman franjas transversales de adoquines o ripio apelmazado. En el volante, el golpe es inmediato; en el bolsillo del conductor, la amenaza al tren delantero es palpable; y en la pantalla del teléfono celular, la chispa enciende una hoguera predecible.
Cualquiera que abra una red social local se topa con la misma postal repetida: fotos en primer plano del desnivel, videos con ironías al volante y cataratas de comentarios dirigidos a la gobernanza actual. Lo sintomático no es la queja, sino su obsesión por señalar lo evidente, lo que ya todos transitan y padecen a diario. Como advierte Paula Sibilia al analizar la transición hacia subjetividades guiadas por la mirada ajena y la necesidad de visibilidad constante, «las tecnologías de la comunicación actuales funcionan como vitrinas donde el yo debe exhibirse para cobrar existencia social» (Sibilia, 2008, p. 27). La experiencia urbana contemporánea exige ser puesta en escena: el bache deja de ser una contingencia física para transformarse en el set de filmación de la propia indignación. Enunciar lo obvio rinde en interacciones, otorga validación instantánea y performa el malestar frente a una platea digital que ya conoce el libreto de memoria.
Sin embargo, ese reclamo performático colisiona de frente contra una paradoja histórica de proporciones mayúsculas. Durante casi un siglo, el reclamo estructural y postergado de la comunidad fue el saneamiento básico: las cloacas, esa deuda generacional de pozos ciegos saturados, desbordes y contaminación silenciosa. Esa demanda centenaria acaba de dar un salto institucional decisivo: el gobernador Alberto Weretilneck formalizó la entrega de un aporte provincial superior a los 164 millones de pesos al intendente Adrián Casadei, una inyección financiera orientada a un hito histórico sin precedentes: alcanzar una cobertura de red cloacal cercana al 90 % del casco urbano.
¿Cómo se explica, entonces, que una reparación sanitaria de semejante calibre quede eclipsada en la conversación colectiva por el salto de un neumático?
Para desentrañar este nudo, la sociología de Anthony Giddens resulta esclarecedora: la vida social moderna no descansa únicamente en cálculos abstractos, sino en la «seguridad ontológica», definida como la confianza tácita que la mayoría de los seres humanos deposita en la continuidad de su autoidentidad y en la constancia de sus entornos sociales y materiales de acción (Giddens, 1991, p. 53). El pavimento continuo opera como un anclaje material de esa certidumbre: el conductor sale a la calle confiando ciegamente en los «sistemas expertos» de la ingeniería civil y el mantenimiento municipal. Cuando la cuadrilla fractura la calzada e inserta adoquines suplementarios, quiebra la rutina perceptual del agente. El vecino puede comprender reflexivamente que los 164 millones implican salubridad para las próximas décadas, pero en el terreno de su conciencia práctica y corporal, el traqueteo interrumpe el orden de lo previsible. La gobernanza es atacada en las redes porque encarna al sistema técnico que ha dejado de garantizar un tránsito liso y confiable.
Esa perturbación de la rutina adquiere una dimensión física y espacial precisa cuando se la examina bajo el lente de Gilles Deleuze y Félix Guattari. Para estos autores, el espacio liso o estriado traduce relaciones de poder: el asfalto es el espacio «estriado» por excelencia, una cuadrícula métrica, homogénea y domesticada por el aparato de Estado para garantizar la velocidad constante y la libre circulación de los flujos económicos (Deleuze y Guattari, 2002, p. 485). Debajo, en cambio, opera la red cloacal: una trama subterránea, húmeda e invisible que funciona como un auténtico «rizoma», un entramado descentralizado que transporta las pulsiones y excrecencias que la urbe civilizada prefiere ocultar (Deleuze y Guattari, 2002, p. 13). Al romper el asfalto para enterrar las tuberías, se genera una violenta desterritorialización: el subsuelo invade la superficie, el vehículo se ve forzado a desacelerar bruscamente y la rugosidad del adoquín impone una resistencia táctil que sacude el cuerpo del conductor, despertando un microrresentimiento que el cuerpo no perdona.
Es en este punto exacto donde la fricción deleuziana se ensambla con la tesis de Sibilia. La red cloacal que financia la Provincia es una conquista subterránea, opaca y anti-espectacular; carece por completo de fotogenia para el algoritmo. No hay manera atractiva de mostrar un caño enterrado a dos metros bajo tierra en una historia de Instagram. En contraste, «el imperativo de visibilidad vuelve hiperreal y urgente cualquier superficie visible, cancelando el espesor de los procesos lentos o invisibles» (Sibilia, 2008, p. 114). El desnivel del asfalto rinde métricas porque se ve, se fotografía y canaliza el afecto inmediato del malestar corporal; el caño que salva a la napa freática no rinde porque está oculto.
La queja vecinal en San Antonio Oeste es el resultado de un cruce simultáneo: la necesidad giddensiana de recuperar la confianza en la rutina del suelo, el choque de intensidades corporales que Deleuze advierte cuando la velocidad maquínica tropieza con la piedra, y la compulsión diagnosticada por Sibilia de convertir la incomodidad cotidiana en contenido consumible en el muro digital.
El adoquín sobre el asfalto cortado es el testimonio incómodo de cualquier transformación comunitaria real. Demuestra que el progreso nunca es una alfombra inmaculada, sino una sutura que incomoda mientras cicatriza. Quien descarga su furia en redes señalando la zanja que todos ven, suele olvidar la fosa séptica que dejará de rebalsar en su propio patio gracias a una obra histórica; pero quien conduce la gestión pública tampoco puede subestimar que la legitimidad política se juega, día a día, en la experiencia sensible y tangible de la calle. Entre la profundidad silenciosa del caño que redime un siglo de atraso y el salto inevitable de la rueda en cada cruce, la comunidad transita su propio parto urbano: aprendiendo a convivir con las asperezas necesarias de su propia metamorfosis.
Fuentes bibliográficas, institucionales y metodológicas:
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Deleuze, G. y Guattari, F. (2002). Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Valencia: Pre-Textos.
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Giddens, A. (1991). Modernidad e identidad del yo. El yo y la sociedad en la época contemporánea. Barcelona: Península.
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Sibilia, P. (2008). La intimidad como espectáculo. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
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Gobierno de la Provincia de Río Negro (2026). Convenio de financiamiento para infraestructura de saneamiento y ampliación de red cloacal entre el Gobernador Alberto Weretilneck y la Municipalidad de San Antonio Oeste (Aporte provincial por más de $164 millones). San Antonio Oeste / Viedma.
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Análisis y parámetros de Inteligencia Artificial: Redacción asistida y estructuración conceptual generada mediante parámetros de procesamiento de lenguaje natural y cruce sociológico-filosófico con modelos de IA.