La doble cara del progreso: Entre la catarsis por las calles rotas y la dignidad de la cloaca propia

Observar las catárticas redes sociales de SAO hoy es asomarse a una profunda paradoja urbana. En las distintas plataformas locales, los posteos de queja y los grupos de compra-venta se han transformado en una especie de ágora virtual donde una parte de los vecinos manifiesta un malestar legítimo ante la cotidianidad alterada: desvíos improvisados entre Lavalle y Moreno, el cruce complejo de la salita Anahí, o la falta de luminarias que aún arrastra el Ensanche Sur. Son postales de la indignación diaria frente a un asfalto roto que da paso a un adoquinado que genera más dudas que certezas.

Sin embargo, detrás del polvo, los pozos y el caos vehicular que dominan el debate digital, existe otra realidad silenciosa que rara vez encuentra espacio en la inmediatez de la catarsis virtual: la del beneficiario final.

Si analizamos este escenario bajo la lente del sociólogo Zygmunt Bauman, lo que estamos viviendo en SAO es un choque frontal entre dos dimensiones temporales de nuestra comunidad. Toda transformación estructural genera una tensión inevitable entre el costo inmediato y el beneficio histórico. Para el vecino que pasó diez, veinte o treinta años conviviendo con el camión atmosférico, las napas saturadas y la postergación sanitaria, ver la zanja abierta frente a su casa no es un símbolo de abandono; es, fundamentalmente, la llegada de la dignidad y la salud pública. Para ellos, el barro de hoy representa la solidez de un derecho conquistado frente a décadas de precariedad.

Aquí es donde la mirada de Bauman nos ayuda a entender el malestar de la otra mitad de vereda. El pensador polaco explicaba que las instituciones actuales padecen de una «licuefacción»: se han vuelto fluidas, incapaces de mantener sus compromisos a largo plazo y propensas a la imprevisibilidad. Hablar hoy de la «inplanificación» en SAO no es señalar con el dedo a una gestión aislada ni a un intendente en particular; es desnudar una inercia histórica auspiciada por sucesivos gobiernos de turno que han gestionado bajo esta lógica «líquida».

Es necesario remarcar que quienes estuvieron a cargo del Ejecutivo local a través de los diferentes procesos democráticos no gobernaron en soledad: lo hicieron acompañados por Concejos Deliberantes que aprobaron o convalidaron las partidas y las normativas, y por cuerpos de funcionarios técnicos y políticos que ejecutaron esas decisiones. Toda esa arquitectura institucional ha sido corresponsable de una matriz de pensamiento cortoplacista que históricamente priorizó el parche y la urgencia electoral sobre el desarrollo estratégico a largo plazo. Hoy, simplemente, el acumulado de esas omisiones compartidas pasa factura en la superficie de manera simultánea.

Bauman también acuñó el término «espacios de consumo» versus «espacios de convivencia». Cuando la desorganización estatal transforma las calles transitables en trampas de adoquines flojos y falta de información, el ciudadano pierde la confianza en el espacio público como un lugar seguro y previsible. La «inplanificación» heredada produce una vulnerabilidad compartida: el vecino siente que las reglas del juego urbano cambian día a día sobre la marcha.

La ciudad del presente cruje bajo el peso de las máquinas, y es lógico que una parte importante de la comunidad exija orden, previsibilidad y respeto por su rutina diaria. Pero la ciudad del futuro, la que se consolida bajo el suelo, está saldando una cuenta pendiente con muchos vecinos sanantonienses. El progreso real no debería obligar a elegir entre transitar por calles seguras o tener un servicio esencial; el gran desafío es romper la lógica de la improvisación y la liquidez heredada para entender que ambos derechos pertenecen, por igual, a los mismos ciudadanos.

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