Hay momentos donde el análisis estrictamente deportivo se desborda y la realidad nos obliga a mirar con ojos sociológicos lo que pasa en nuestras calles. Argentina se clasificó ante Egipto, y más allá de los análisis edulcorados que hacen los periodistas «cosméticos» capitalinos -esos que la pasan de lo mejor transmitiendo desde la comodidad de Estados Unidos-, se puede inferir con total claridad que en esta parte de la costa rionegrina la realidad es otra muy distinta.
Déjalo a Mariano Closs, olvidate del «Pollo» Vignolo, de tipos como el «Kun» Agüero que absorben con naturalidad los flujos del capitalismo televisivo. Déjalos por un momento al «Chiqui» Tapia o al «Pelado» Infantino; a esos tipos no les importa tu sentimiento, no estás ni estarás nunca en su radar y tampoco los necesitamos por acá por andar de «mamaderas». Nosotros somos esto: fútbol en estado puro, jugado y vivido en la cancha de tierra, con los mocos helados por el viento patagónico. Aquí, la clasificación no fue un producto de consumo de marcas oficiales para una pantalla; fue un catalizador social, una grieta necesaria en la rutina donde se filtra la pura alegría colectiva.
Como dirían las viejas voces de la cultura popular: «dejen a los locos que sean felices». Porque esa felicidad, legítima, ruidosa y desprolija, le pertenece históricamente a las clases populares. Es una felicidad que momentáneamente desclasa, que subvierte el orden geográfico cotidiano y las normas estéticas impuestas desde el centro del país. En el festejo, la periferia se traslada, avanza y se junta de golpe en el asfalto céntrico.
Acá llegan «los locos» en sus motos con caños de escape liberados, sin papeles, sin casco; las camionetas cargadas hasta el tope tras haber vivido una previa intensa de birra, vino en caja, conservadoras a reventar y «Manaos, la gaseosa que va como piña». Las camisetas argentinas que se ven no salieron de un shopping de Buenos Aires; son compradas «en los bolitas», o conseguidas en lo de «Ítalo», en «Lucca» o rastreadas por «fei» (Facebook)… ¡qué importa de dónde salieron!, si la pertenencia y el sentimiento no se compran con etiquetas falsas de originalidad.
Todos los barrios confluyen y desembarcan en la histórica intersección céntrica de las calles entre el Kandava y la ex Lucaioli. A esa marea no la para nadie: es una suerte de genuina anomia popular que canta, baila, salta «fumata», «fumada», «fumarola». Es el grito colectivo de un sector que se planta y se pregunta: ¿quién nos va a venir a decir acá qué hacer y qué no? Y sí, hay que decirlo todo tal cual es: en medio del «quilombo» también nos vamos a desconocer. Es altamente probable que vuelen algunas piñas o patadas, porque sucede, es parte constitutiva del desborde corporal y pasional de la marea callejera. Después, nunca faltan los más vivos que aprovecharán el tumulto para «rastrojear» y quedarse con celulares o gadgets de las señoritas. En la calle circula la advertencia tácita: «ojo con las motos en la caravana porque andan como locos» y, por las dudas, el clásico «dejá el auto lejos» si vas a arrimarte. Pero, ¿quién controla a quién? Nadie, señores. La algarabía no es un patrimonio exclusivo, la alegría no es solo brasilera; acá se festeja «a como dé lugar». Cuando el pueblo se abraza y se desborda en su propio lenguaje, la fiesta es total, caótica e indiscutible.
San Antonio Oeste está cumpliendo 121 años de vida, que no es poco. Es más de un siglo de acumular viento, frío, trabajo portuario, ferroviario y pesquero. Una historia moldeada por el sacrificio y las ausencias. Por eso, aún en este invierno crudo que cala los huesos, aún con las enfermedades y los dolores cotidianos que aquejan a los cuerpos y que tantas veces los lastiman, la ciudad real sale a la calle.
El deporte opera aquí como ese gran sanador invisible. Los cuerpos dolientes u olvidados por la rigurosidad del clima y el trabajo de la costa se vuelven, por unas horas, cuerpos festivos, desobedientes y soberanos. Las esquinas céntricas se transforman en el gran escenario de resistencia cultural. Dejen que celebren, dejen que hagan ruido y sean felices con sus propias contradicciones. Acá estamos y acá estaremos, plantados en nuestra identidad, porque en esta costa rionegrina la dignidad también se mide en la capacidad de tomar el centro y, como bien dice el himno, «juremos con gloria morir», pero viviendo la gloria en la calle.
¡Vamos San Antonio Oeste! ¡Vamos Selección!