A días de que empiece la Copa del Mundo, se percibe un fenómeno sociológico digno de análisis en las calles argentinas: la falta de «onda». El silencio. Falta esa corriente de electricidad subterránea que, históricamente, solía paralizar al país un mes antes del partido inaugural. No hay cotillón estridente en los supermercados, el fixture no cuelga en todas las oficinas y la ansiedad social -ese pulso colectivo tan nuestro- brilla por su ausencia. ¿Qué mutó en nuestro tejido cultural?
Podríamos ensayar algunas hipótesis desde la sociología del consumo, la identidad y las mutaciones de la subjetividad contemporánea:
1. El síntoma del «sesgo de saciedad» (o el peso de las tres estrellas)
En términos de dinámicas del deseo, el triunfo en Qatar 2022 operó como un gran pacificador social. Durante décadas, el fútbol funcionó en Argentina como un mecanismo de compensación frente a crisis cíclicas; la búsqueda de la gloria era una urgencia casi existencial. Al alcanzarse la cúspide, el vacío que dejó la satisfacción del deseo transformó la «necesidad» en «cotidianidad». Hoy llegamos como campeones defensores, y la urgencia identitaria se disolvió en una suerte de paz deportiva. La «manija» nace de la carencia; la saciedad genera modorra.
2. La erosión del ritual y la «hiperculturalidad» (La mirada de Byung-Chul Han)
Si analizamos el fenómeno desde la óptica del filósofo Byung-Chul Han, lo que estamos viviendo es la agonía de los rituales. Los mundiales solían ser «acontecimientos comunitarios» que creaban un tiempo sagrado, una interrupción en el flujo productivo diario. Hoy, la hiperconectividad y el consumo digital han fragmentado la atención.
Para Han, vivimos en la sociedad del rendimiento, donde el sujeto se autoexplota y está demasiado cansado para el juego genuino. El fútbol se ha desritualizado, transformándose en un producto más de consumo rápido y deshecho digital. Ya no hay espacio para la espera o la contemplación del lazo social; la apatía actual es también el síntoma de una sociedad agotada que carece de la energía necesaria para sostener la pasión comunitaria. La falta de «manija» no es desinterés, es cansancio profundo.
3. La fragmentación de las narrativas globales
Este Mundial inaugura un formato hipertrofiado: 48 selecciones, tres países sede (Estados Unidos, México y Canadá) y un calendario disperso. Sociológicamente, el fútbol pierde su potencia mítica cuando se vuelve demasiado extenso y atomizado. La falta de un centro geográfico único dificulta la construcción de un «relato folclórico» cohesivo. Se percibe más como un megaevento corporativo de la industria del entretenimiento que como la tradicional épica comunitaria.
4. La primacía de la subsistencia sobre el ocio
No se puede escindir la recepción de un fenómeno cultural de las condiciones materiales de su población. Atravesados por una coyuntura económica donde la microeconomía diaria exige una atención absoluta, el espacio mental disponible para el «gasto de energía emocional» en el fútbol se redugo considerablemente. Cuando el costo de vida satura la agenda cognitiva del ciudadano a pie, el Mundial deja de ser un ritual de evasión colectiva prioritario para convertirse en un ruido de fondo.
En resumen: La apatía actual no es falta de amor a la camiseta; es el cruce perfecto entre la tranquilidad de los que ya tocaron el cielo, la mercantilización total del espectáculo y el cansancio de un cuerpo social enfocado en la subsistencia diaria.
Seguramente, cuando ruede la pelota y juegue la Scaloneta, el asado o los mates volverán a convocar el rito. Pero la previa ya no es lo que era. El fútbol, al menos por ahora, dejó de ser la religión urgente que todo lo absorbe para ser, simplemente, un partido más.
¿Ustedes también sienten este frío pre-mundialista o es solo una percepción de mi burbuja? Los leo.