El movimiento urbano en las primeras horas del día expone una dinámica social ineludible en las ciudades del interior del país. Al observar los rostros de quienes transitan hacia sus empleos, se percibe una marcha sostenida que opera casi en piloto automático. El trabajo, en la inmensa mayoría de los casos, se presenta como una obligación estricta que estructura y domina la rutina.
Esta escena diaria resulta transversal a los recursos materiales de cada persona. Ya sea a pie, en bicicleta, en motocicletas o en el interior de vehículos de media y alta gama, el destino de fondo es idéntico para todos los actores sociales. Cada individuo se dirige a cumplir una imposición económica y a ejercer un rol predeterminado dentro de un engranaje mayor.
Esta marcha constante invita a la reflexión sobre la participación colectiva en dicha estructura. La automatización de la rutina diaria plantea el escenario hipotético de una pausa generalizada, revelando la fragilidad de un sistema que se sostiene, fundamentalmente, en el hecho de que nadie se detenga a cuestionar el rol que le fue asignado.