Pasaron el 6 y 7 de marzo y, con ellos, una nueva edición de la Fiesta de la Marea bajo la organización de la Municipalidad de San Antonio Oeste. El evento pasó, las luces se apagaron y deja flotando una serie de interrogantes sobre la identidad local, lo que se muestra al visitante y el lugar que realmente ocupa SAO en su propio ejido. Si se observa este fenómeno no solo como un evento festivo, sino como un síntoma de una gestión arraigada en lógicas del pasado, queda en evidencia la profunda contradicción que atraviesa a la ciudad.
¿Es esta la fiesta que la comunidad merece o simplemente la que se conforma con tener?
El factor calendario y la falta de «modernización reflexiva»
Celebrar en marzo siempre es tirar una moneda al aire debido al caprichoso clima patagónico. Pero más allá de la meteorología, la fecha evidencia una gestión guiada por la inercia.
Falta aquí lo que la sociología contemporánea, siguiendo a Ulrich Beck, llamaría una modernización reflexiva: la capacidad de las instituciones para autoevaluarse, cuestionar sus propias tradiciones y replantear la Fiesta de la Marea con la amplitud necesaria para transformarse en una de las celebraciones más importantes de la provincia de Río Negro. No resulta viable seguir administrando este evento con la misma visión de hace décadas.
Las guirnaldas efímeras y la «irresponsabilidad organizada»
Es innegable que existe un esfuerzo organizativo. La calle concomitante a La Marea, ese bulevar que cobra vida lleno de puestos y carros de comida, invita al recorrido. Las guirnaldas que cruzan las calles iluminan y dan vida, creando una atmósfera festiva y vibrante que funciona como una burbuja transitoria.
Sin embargo, este espejismo lumínico choca de frente con una realidad insoslayable. Basta mirar a los costados, a los laterales de este corredor, para ver cómo la falta de vida y la desidia conviven impunemente con estos dos días de fiesta. El contraste es doloroso cuando la mirada sale de la zona iluminada y se topa con lo que podría definirse como una irresponsabilidad organizada, donde el Estado diluye su culpa frente al abandono del espacio público:
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El anfiteatro: Sumido en un evidente estado de abandono y completamente falto de iluminación.
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El tótem a oscuras: Esa emblemática embarcación de madera, que debería erigirse como el faro que invite a la celebración, yace en la más absoluta penumbra.
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El playón de «Los Tamariscos»: Una superficie de cemento sin vida, rodeada por la vegetación que le da nombre. Cuenta con una estructura donde alguna vez funcionó una especie de buffet pensado para el turismo, hoy cerrado. Su pésima iluminación lo convierte en un rincón lúgubre, prestándose, al amparo de la noche, para cualquier tipo de práctica non sancta.
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El entorno: Las calles aledañas acompañan este paisaje de descuido generalizado.
SAO: Atrapado en «categorías zombis» y la asfixia de ideas
Aquí radica la principal contradicción de la política turística y cultural local. Las Grutas sigue siendo la vedette indiscutida, y el Puerto de San Antonio Este se ha posicionado como el flamante «Caribe Patagónico». Mientras tanto, San Antonio Oeste es tratado bajo categorías zombis: se lo administra con conceptos y visiones del pasado, relegándolo a ser un simple centro administrativo cuando debería ser el eje articulador de las tres comunidades.
Esta inercia no es por falta de estructura. El municipio cuenta con la figura de un intendente, un amplio cuerpo de funcionarios y un Concejo Deliberante integrado por nueve concejales. Es una maquinaria burocrática enorme. Resulta estadísticamente improbable que, dentro de todo ese organigrama, no exista alguien con una idea que fluya, capaz de elevar la media. El problema es otro: ¿se le permite accionar? ¿O acaso el verticalismo y las inercias institucionales asfixian cualquier intento de innovación?
La trampa de la «aldea»: El localismo como excusa
Volviendo al espíritu de la fiesta, se convoca a los artistas locales. Que quede claro: el localismo está bien. Los músicos y bailarines de la zona son el cimiento de la identidad cultural y merecen el escenario.
Pero encerrar la fiesta en una burbuja, diseñándola pura y exclusivamente para los habitantes de la «aldea», es un error estratégico. Lo que resulta cuestionable es la utilización del artista local como un mero parche ante la falta de presupuesto y gestión. Se disfraza de «apoyo a lo nuestro» lo que en realidad es la retirada del Estado de su rol promotor. Los artistas locales terminan asumiendo el peso de sostener un escaparate que quienes organizan no tienen la visión de llenar con propuestas que rompan el encierro pueblerino y posicionen a la localidad en el mapa provincial.
El GNL y la oportunidad histórica del cambio de paradigma
Este análisis no puede obviar el contexto de transformación histórica que se avecina. Con la emergente economía del GNL (Gas Natural Licuado), San Antonio Oeste se encuentra ante un desafío estratégico sin precedentes. No se trata solo de la llegada de inversiones, sino de un cambio tectónico en la percepción del territorio.
Sería un error pretender que la Fiesta de la Marea siga siendo un evento introspectivo frente a este nuevo escenario. Es imperativo concatenar los esfuerzos para trabajar en mejorar esta festividad, utilizándola como una herramienta estratégica de proyección. Debe pasarse de la complacencia de un evento de consumo interno a la ambición de diseñar una fiesta que comunique la identidad local a la audiencia global y sofisticada que llegará con la nueva industria.
Elevar la vara: El patio de atrás exige protagonismo
Hay que ser coherentes: durante el evento se realizan actividades culturales, recreativas y deportivas. Que la fiesta se sostenga y se haga está más que bien; es un espacio de encuentro vital. Pero con eso ya no alcanza. La complacencia es el gran enemigo del desarrollo local.
Tal vez, en algún momento, la conducción política decida abandonar la inercia y retomar la verdadera presencia de San Antonio Oeste. Alguien que permita inyectar el flujo necesario de ideas, planificación estratégica y vinculación con las nuevas economías. San Antonio Oeste tiene la historia, la ría, la gente y, ahora, una oportunidad económica histórica. Solo hace falta una voluntad real para dejar de administrar el atraso, elevar la vara año tras año y lograr que la ciudad deje de ser, de una vez por todas, el patio de atrás.