Me desplazo entre las sombras, un escriba que, bajo un velo de falsedad, expresa verdades que son a medias. Mi existencia se desenvuelve en un literario ocultamiento; respiro sigilosamente, como quien se camufla de la vista ajena. No hago de la sinceridad un estándar, ni es mi intención, aunque tampoco creo que mis palabras sean intencionalmente obsoletas.
Mis estrofas son, en esencia, armas; tienen el poder de herir y alcanzar la sensibilidad de quien las lee. Si no está preparado, le recomiendo abstenerse de la lectura y de la conjetura. Es preferible que busque textos más coherentes, provenientes de mentes que no se consideran legas.
Me presento sin disimulo, a pesar de no saber con certeza lo que soy. ¿Un fariseo, un comerciante, un jíbaro, un juglar sin melodías alegres? Recorro los márgenes, los costados periféricos de la sociedad, jamás su centro ni su extrema derecha.
Mi riqueza no reside en la vestimenta ni en las posesiones materiales, sino en el capital de mis saberes. Una fortuna forjada por la experiencia y la lectura intensa, en un constante cuestionamiento donde las preguntas no hallan respuesta. Reconozco que mi prosa no es auténtica; tiene fallas de origen, una calidad que se va perdiendo con cada trazo.
Prefiero esta forma de expresión a proclamar, a viva voz, cómo debe vivirse. Evito las moralinas de personajes venidos a menos, de aquellos que aspiran a una trascendencia que yo no busco. Si existiera un más allá, mis recuerdos no perdurarían en la memoria, y no es algo que pretenda.
¿Qué es lo real, lo verdadero, lo certero? La felicidad y la esperanza me resultan inalcanzables, como un estímulo perpetuo que nunca se materializa. Si lo hiciera, ¿qué nos quedaría? ¿Qué nos motivaría a seguir, a dejar de fabricar quejas?
Me muestro crítico de las figuras históricas como Jesús, de la religión, del sistema y de la historia misma que someto a constante escrutinio. Mi crítica se dirige a quienes se benefician del esfuerzo ajeno. Me opongo al capital, al terrateniente, al burgués y al aristócrata que no se sitúan en el frente.
Mi lealtad es para el guerrero que sucumbe cada día en la batalla diaria, aquel que atraviesa la tormenta. Enfrento al diablo sin temor, pues entiendo que los avernos son construcciones mentales, fuegos que consumen al hombre desde dentro. Por ello, me atrevo a anhelar un sol distinto, uno que ilumine un día nuevo.