Después de narrar historias que reflejan la vida vivida, en esos momentos fugaces donde el mundo parece bailar entre la aparición y la desaparición, ¿qué palabras nos quedan? La tinta se seca, el papel escasea y hasta la pasión parece tomarse un respiro.
En ese silencio, emerge la figura del escribiente, aquel que plasma sin premeditación, que actúa casi por instinto, escuchando sin oír del todo, asintiendo quizás sin verdadera convicción.
Y es que la vida diaria, esa que cada uno transita, está tejida también de estas pequeñas incongruencias, de estos actos automáticos. Andamos, nos movemos, lo intentamos una y otra vez. Aunque el anhelo no siempre se concreta, persistimos, luchamos. Pero, ¿cuál es la chispa que enciende este motor interno? ¿Una necesidad visceral? ¿Una revolución silenciosa que anhela transformar el statu quo?
Esta es la pregunta que resuena en mi interior, la que me impulsa a escribir, a darle forma a la incertidumbre, aunque solo sea por el mero acto de hacerlo. Quizás, la verdadera revolución germina en las letras. Y me pregunto, ¿qué vendrá después de la pirotecnia, tras el implacable golpe de la guillotina, justa e injusta a la vez? ¿Renacerá esa intención primigenia, transmutada en un nuevo deseo, capaz de inspirar un futuro incierto pero lleno de posibilidades? ¿Por qué no soñarlo?