La memoria colectiva de los pueblos no se edifica sobre abstracciones, sino sobre coordenadas precisas y voluntades compartidas. El 25 de septiembre de 1986, en la Manzana 872 “B”, Lote 2 de la villa balnearia, un grupo de vecinos decidió inaugurar una trinchera contra el desarraigo y la dispersión. El acta fundacional fijaba una misión diáfana: articular programas deportivos, promover el lazo cultural y, fundamentalmente, abrazar la contención y formación de las infancias y juventudes locales.
Nombres como Guillermo Piaggio, Ángel Olivieri, Arnaldo Masch, Valentín Botti, Carlos Cadagar, Luis Benítez, Abraham Maldonado, Rómulo Soto, Carlos Noguera, Julio Domínguez, Julio Galindo, Eduardo Luján, Luis Masch, Omar Gutiérrez y Sebastián Ullúa quedaron inscriptos en el origen de una identidad que adoptó el color naranja como bandera. Con una cuota inicial de un austral y la conducción inicial de Abraham Maldonado junto a Benítez, Galindo, Hermida, Eduardo, Domínguez, Cadagar y Soto, el Club Social, Deportivo y Recreativo Las Grutas echó a andar. Hacia diciembre de aquel año, los primeros veintiún socios formalizaban el pacto asociativo.
El trayecto institucional, como el de toda entidad de base en nuestros territorios, conoció tensiones y refundaciones. La asamblea del 8 de julio de 1991, tras un período de acefalía, devolvió la vitalidad orgánica bajo la presidencia de Honorio Lavigne, acompañado por referentes vecinales como Jorge González, Juan Fischer, Jorge Maldonado, Nilda Burgos, Carlos Silva, Gloria Pereyra, Marcelo Masch, Hugo Zola, Oscar Camba, Violeta Villalobos, Beatriz Correa y Luis Benítez. Aquella gestión selló además un acto de estricta justicia comunitaria: declarar socio honorario a don Ramón Acuña, figura emblemática de la historia grutense.
El club fue moldeándose al calor de conducciones con improntas diversas pero unidas por la persistencia cotidiana: Jorge González; Oscar Insúa; César “Viruta” Geoffroy -dividido entre el escritorio y la cal de la línea de cal como formador del semillero-; la tenacidad de Rómulo Soto y Delfina Chávez, guardianes de la entidad que alcanzaron en 2010 la entrega formal del título de propiedad del predio; el ciclo deportivo de Jorge Mazziotti, signado por la estrella del Clausura 2017 y el salto a la competencia regional; y las etapas dirigenciales de Carlos Monteiro, Lorena Villaverde, el proceso normalizador y la llegada de Laureano Noy.
Cuatro décadas después, la huella material da cuenta de esa porfía: un predio que creció desde sus 19.000 m² originales incorporando nuevas parcelas, cerramientos, canchas reglamentarias, la histórica superficie sintética que potenció al hockey federado y el espacio que cobijó la ovalada de Los Dinos.
Al cumplir sus primeros cuarenta años, el club transita un presente de transformaciones y nuevos desafíos de cara al futuro. Detrás del balance de infraestructura o de los laureles deportivos, perdura lo esencial: la confirmación de que un club de barrio sigue siendo el espacio más potente para encontrarse, resistir la fragmentación y construir comunidad.
(Fuente: Sensaciones Deportivas)