De la democracia de partidos a la góndola electoral: la licuación política en San Antonio Oeste

El tablero político de Río Negro, y su caja de resonancia en San Antonio Oeste, nos enfrenta a una paradoja contemporánea: nunca hubo tanta oferta de sellos y candidatos, y sin embargo, nunca se sintió tan vacía la representación.

Para comprender este fenómeno de liderazgos fluidos, resulta indispensable cruzar las miradas del politólogo Bernard Manin y la ensayista Paula Sibilia.

Manin plantea que hemos dejado atrás la vieja «democracia de partidos» -aquella donde el elector votaba una identidad ideológica estable- para instalarnos plenamente en la democracia de audiencia. En este nuevo paradigma, los partidos se transforman en estructuras puramente instrumentales, simples sellos que se abandonan según la marea. Es bajo esta lente que se procesa la incredulidad generalizada ante el eléctrico transformismo político provincial: ver a Aníbal Tortoriello consolidado hoy en los espacios de La Libertad Avanza (LLA), previo paso por la conducción del PRO; o a Ariel Rivero, quien supo encarnar la referencia de la ola libertaria en la provincia para luego replegarse a liderar Primero Río Negro. Para el ciudadano de a pie, este cambio constante de camiseta no solo genera desconcierto, sino una profunda desconfianza: la certeza de que las convicciones son descartables si el tablero electoral lo demanda.

Es aquí donde interviene la perspectiva de Sibilia sobre la espectacularización de la política y el yo. En una cultura donde las identidades se construyen en la pantalla y el sonido ambiente, el político ya no busca representar a un colectivo histórico, sino exhibirse y performar el rol del momento. Las marcas partidarias funcionan entonces como meras franquicias transitorias. En esa puesta en escena, los posibles candidatos ya exhiben sus sesgos y una indisimulable ambición por los cargos, amparados en la frase trillada de «estar al lado del vecino».

Sin embargo, ante la incapacidad estructural de dar respuestas reales a las demandas comunitarias, las facciones políticas recurren a la tercerización y mercantilización del espacio público. Los partidos abonan el costo de publinotas y espacios patrocinados en los medios de comunicación, al tiempo que pretenden resignificar y utilizar a las propaladoras locales como si fueran las «ágoras» de la antigua Grecia. Pero este intento de simular un espacio público de debate es puramente unidireccional: se emite un discurso amplificado que el ciudadano consume pasivamente mientras camina por la calle o está en su casa. El único fin instrumental es sostenerse en la centralidad pública -estar en el «candelero»- y traccionar así una plusvalía digital reflejada en la acumulación de likes en redes sociales. Sociológicamente, esto representa un grueso error de diagnóstico: la peligrosa tendencia a confundir las métricas de vanidad algorítmica y el eco del parlante con el capital político real y el arraigo territorial.

Esta dinámica transforma la política en una góndola de supermercado. Que existan múltiples ofertas en la estantería no garantiza la calidad del producto. El riesgo latente para la ciudadanía es preparar la «comida» del futuro local con ingredientes adulterados por el oportunismo, el salto de bando y la cosmética mediática. Al final del día, consumir etiquetas vistosas pero vacías de coherencia histórica suele terminar en una descompostura general.

En el plano local, este diagnóstico se vuelve palpable. Por un lado, vemos los intentos complejos por territorializar «las fuerzas del cielo» a fuerza de afiliaciones express, buscando que el brillo de una estética nacional compense las dificultades de la construcción barrial.

Por el otro, el vecinalismo sanantoniense insiste en una estrategia legislativa muy particular: una dinámica basada casi exclusivamente en pedidos de informes y oposiciones sistemáticas, emulando una suerte de panóptico burocrático. Desde esa torre de control administrativo, el espacio intenta vigilar y fiscalizar cada movimiento del oficialismo, apostando a que esa visibilidad fiscalizadora mantenga vigente su plataforma. Con ello, sostienen la premisa de que su referente sigue reteniendo un caudal de votos competitivo. Sin embargo, analizadas bajo el prisma de Manin y Sibilia, estas posturas corren el riesgo de operar más como estrategias de escenificación ante la audiencia dentro de un microclima hiperventilado, que como proyectos reales de transformación y desarrollo comunitario para los vecinos de SAO, Las Grutas y el Puerto.

En este ajedrez de indefiniciones, donde ni siquiera las certezas del calendario electoral están garantizadas, el desafío ciudadano deja de ser el consumo pasivo de la oferta disponible. Frente a la incredulidad que provocan los camaleones de la política provincial y la simulación del debate a través de las ágoras de parlante y el mercado del like, el vecino de San Antonio Oeste se ve obligado a mirar más allá del envase y a exigir la trazabilidad de las trayectorias. Al fin y al cabo, el destino de una comunidad no se cocina en la monetización de la pantalla, el eco de la propaladora ni en el control de oficina, sino en la solidez de los lazos reales que logren sobrevivir a la licuación de la política moderna.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.