La escuela en disputa: paros, cuerpos dóciles y la biopolítica del ajuste en Río Negro

El reinicio del ciclo lectivo en la provincia de Río Negro tras el receso invernal ha dejado de ser un mero hito administrativo para convertirse en un acontecimiento político de primer orden. La huelga de 48 horas decretada por la Unión de Trabajadores de la Educación de Río Negro (UnTER) destapa una trama que excede por mucho la habitual puja paritaria por el porcentaje del mes. Si rasgamos la superficie de la contabilidad pública, lo que emerge en las aulas y rutas patagónicas es una disputa nítidamente foucaultiana: una batalla en torno a la gubernamentalidad, el control sobre los cuerpos y la imposición de un régimen de verdad. Para Michel Foucault, el poder no es una propiedad que se posee, sino una estrategia que se ejerce de manera capilar, y el actual conflicto rionegrino ofrece una radiografía perfecta de este engranaje en tensión.

Esta dinámica se hace evidente en la colisión frontal de dos discursos que buscan capturar el sentido de lo real. Foucault nos enseñó que la verdad se produce mediante sistemas de poder que trazan la frontera entre lo aceptable y lo condenable. En las declaraciones recogidas por el Diario Río Negro, el gobernador Alberto Weretilneck construye una verdad apoyada en la racionalidad técnica y estadística de la gestión, afirmando que la provincia realiza el máximo esfuerzo presupuestario y que los docentes perciben el tercer mejor salario del país con actualizaciones por inflación y un incremento del 134% en las asignaciones familiares. Es el discurso del soberano administrador que fija el límite de lo posible bajo la premisa de que el presupuesto provincial no da para más.

Frente a esta arquitectura numérica, el Consejo Directivo Central de UnTER irrumpe con una contra-narrativa que devuelve el conflicto a la experiencia material y encarnada del trabajador. Al sostener públicamente que el conflicto no aparece de un día para otro y sentenciar que no es desgaste sino abandono estatal, el gremio hackea el relato oficial de la abundancia. La verdad sindical no se mide en ránkings nacionales, sino en la denuncia de que el Ejecutivo pretende que los educadores sostengan las escuelas con su propio bolsillo y su salud.

Esta disputa por la conducta se materializa en lo que Foucault denominó el castigo normalizador. La advertencia explícita del gobernador Weretilneck respecto a que los días no trabajados serán descontados, bajo el argumento de que es lo que se viene haciendo habitualmente, excede la necesidad del equilibrio fiscal. El descuento salarial opera aquí como una tecnología de rectificación: una penalidad disciplinaria orientada a encauzar los cuerpos desviados mediante la coerción económica. Al mismo tiempo, cuando el mandatario minimiza la medida afirmando que en las últimas convocatorias el acatamiento ha sido prácticamente insignificante, intenta ejercer una suerte de micro-violencia estadística, reduciendo la potencia de la resistencia a una simple anomalía marginal dentro de una población mayoritariamente disciplinada.

El conflicto adquiere ribetes estrictamente biopolíticos -la gestión estatal de la vida y las poblaciones- cuando el sindicato introduce en su pliego el rechazo a las refuncionalizaciones y cierres de cargos motivados por la baja natalidad. Bajo la lógica de la gubernamentalidad moderna, si la demografía decrece, los cuerpos ya no justifican el gasto y el espacio debe ser optimizado. La resistencia de UnTER opera aquí como una contra-conducta que confronta la frialdad del cálculo demográfico del Estado, señalando que estas decisiones generan incertidumbre y ponen en riesgo el derecho a una educación pública de calidad desde los primeros años.

Asimismo, la escuela, concebida históricamente como el gran dispositivo disciplinario encargado de fabricar sujetos útiles mediante el control del tiempo y el espacio, se muestra en las denuncias gremiales como una institución físicamente degradada. Al exponer la existencia de parches que duran días, techos que se caen y licencias médicas convertidas en una pesadilla, UnTER describe el colapso material del panóptico escolar. Un edificio en ruinas pierde su eficacia arquitectónica para contener el orden, mientras que la fiscalización extrema de la salud laboral transforma el examen médico en un dispositivo de sospecha permanente destinado a vigilar minuciosamente el cuerpo del trabajador.

En el centro de este fuego cruzado, la figura del estudiante emerge atrapada en una posición de doble cautiverio. Aunque la retórica estatal -según las declaraciones de Weretilneck en Bariloche- lamenta que las chicas y los chicos se vean privados de recibir clases, el alumno no es un agente exterior, sino el objeto primordial de la disputa. Para el Estado, el estudiante es la materia prima que debe ser procesada continuamente por el cronometraje escolar para asegurar el orden social y permitir que el resto de la comunidad siga produciendo. Para el sindicato, la suspensión de las clases es la cuña que traba el flujo de esa maquinaria biopolítica. Los estudiantes quedan así constituidos como el territorio mismo que el poder intenta normalizar y que la resistencia decide disputar, padeciendo en sus propias trayectorias el vacío de un lazo social interrumpido por la parálisis política.

Donde hay poder, hay resistencia, y la huelga docente en Río Negro no puede leerse meramente como una discusión de paritarias insatisfechas. Es la manifestación de un sector que se niega a ser gobernado de esa manera y a ese precio. Mientras el Estado intenta restaurar la normalidad mediante el panoptismo administrativo y la penalidad económica, los docentes retiran sus cuerpos de las aulas y los despliegan en el espacio público, dejando al desnudo las insalvables tensiones de la gubernamentalidad contemporánea.

Fuentes: Para la elaboración de este artículo se tomó como insumo directo la cobertura del Diario Río Negro (26/07/2026), articulada bajo el marco conceptual de las tecnologías de poder de Michel Foucault. El procesamiento de datos y la perspectiva sociológica local contaron con el respaldo de los informes de coyuntura de la Fundación Atlántica para la Investigación Social (FAIS), integrando herramientas de Inteligencia Artificial como asistencia técnica en la redacción y optimización del estilo ensayístico.

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