El fútbol es, ante todo, un hecho social total. Quienes pretendan reducir la semifinal de mañana entre Argentina e Inglaterra a un simple cruce de noventa minutos, con sus respectivas variables tácticas y pizarras limpias, están ignorando la densidad de las estructuras que corren por debajo del césped. Mañana no se disputa únicamente el acceso a la final de la Copa del Mundo en Atlanta; se reactiva, de manera inevitable, un drama histórico y subjetivo que nos atraviesa el cuerpo.
Como bien decía Diego -con esa lucidez plebeya que no necesitaba de la academia para desarmar el sentido común-: “no nos olvidemos que éstos h de puta nos mataron a nuestros pibes”. Era una guerra, sí; eran otros tiempos de dolor y dictadura. Pero, más allá de la aparente caballerosidad de los english men, de sus modales atildados y el fair play con el que intentan encubrir la asimetría, la realidad geopolítica permanece: su imperio colonialista sostiene bajo su bandera a nuestras islas.
Aquellos que alguna vez salimos a la calle a gritar, con el pecho apretado, por esa «hermanita que volvió a casa», no olvidamos. No es un olvido que se pueda decretar por ley o por diplomacia. ¿Será un rencor profundamente imbricado en nuestra memoria colectiva? Quizás. Es un sentimiento que subyace y late, aun cuando abracemos la democracia, rechacemos las generalizaciones fáciles y sepamos separar al ciudadano inglés de a pie de las decisiones de su Corona.
La pulsión del Habitus y las estructuras incorporadas
Para intentar comprender lo que nos pasa cuando la camiseta celeste y blanca se enfrenta a la de los tres leones, es preciso recurrir a Pierre Bourdieu. Desde esta perspectiva, no somos meros espectadores pasivos, sino agentes que hemos incorporado, desde la más tierna infancia, un conjunto de esquemas de percepción, apreciación y acción: un habitus.
Esta subjetividad atravesada se manifiesta en esas vivencias de la patria herida que, transmitidas de generación en generación, operan en nosotros sin necesidad de una instrucción formal. Se meten directamente en el cuerpo, en los cantos de la tribuna y en la tensión del estómago que se genera cuando suena el silbato.
Podremos discutir largo y tendido si estas pulsiones son dóxicas -es decir, si forman parte de una aceptación acrítica y naturalizada del antagonismo- o si son fruto de una toma de conciencia histórica sobre el despojo. Sin embargo, lo cierto es que esas estructuras estructuradas están ahí, plenamente dispuestas a funcionar como estructuras estructurantes en el partido de mañana.
El «sentido práctico» y el bálsamo deportivo
El deporte, en su autonomía relativa como campo, genera sus propias reglas e ilusiones, lo que Bourdieu define como la illusio. Ganar mañana no recuperará la soberanía territorial, ni devolverá el tiempo, ni borrará las marcas del pasado. Pensar lo contrario sería una ilusión ingenua.
Sin embargo, en la lógica del fútbol, obtener una victoria frente a Inglaterra opera como una suerte de bálsamo indirecto. Es una reparación simbólica dentro de los límites del juego; una caricia a nuestro recorrido histórico que, de algún modo, altera o reconfigura nuestro sentido práctico en la vida cotidiana. Nos otorga, aunque sea por un instante, la revancha de los desposeídos.
Mañana no habrá armas, habrá una pelota. No habrá trincheras, habrá tácticas. Pero en cada rincón del país, la memoria colectiva estará jugando su propio partido. Porque el fútbol, cuando la historia aprieta, es la continuación de la memoria por otros medios.