Saúl Huenchul: El bardo que aprendió a leer en los titulares de los diarios

¿Se puede trazar el mapa de la desigualdad argentina a través de la biografía de un solo hombre? Yo creo que sí, y el caso de Saúl Huenchul es, quizás, uno de los más potentes que nos ofrece nuestra Patagonia profunda. Muchos lo conocen como el bardo, el trovador autodidacta que canta lo que vive, pero si hacemos un zoom sociológico sobre su historia, encontramos las coordenadas exactas de un sistema que marca desde la cuna.

Huenchul es hoy el portavoz del interior profundo, pero su camino fue una verdadera «escuela de la intemperie». Siendo apenas un niño, el sistema reclamó su fuerza de trabajo, cambiando el aula por el recado en una enajenación temprana que lo arrojó al circuito productivo rural mucho antes de tiempo. Su canto nace de esa herida de clase innegable. En ese contexto de exclusión, su alfabetización fue un acto heroico de voluntad: aprendió a leer descifrando los titulares de los diarios que llegaban esporádicamente al campo. Aunque él mismo reconoce que la ortografía sigue siendo su «gran deuda», esa cicatriz formal no le impidió desarrollar lo que Richard Sennett definiría como la maestría de un artesano de la palabra.

Tras una vida de autogestión, vendiendo sus discos de mano en mano por las huellas sureñas, el año pasado le inauguraron un monumento de bronce en La Adela, La Pampa. Un peón autodidacta ahora vigila el horizonte, erigido en piedra en el centro del espacio público en un acto necesario de reparación histórica. La vida de Huenchul nos recuerda que la cultura no siempre se escribe con ortografía perfecta, y que el verdadero saber muchas veces se encuentra en la huella de quien ha sabido transformar el dolor en identidad.

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