La Ilusión del Socio: Cómo el capital fragmenta la unidad obrera

La figura de la cooperativa suele presentarse bajo una narrativa de libertad y autogestión. Sin embargo, si aplicamos el lente de Pierre Bourdieu, vemos que ninguna organización opera en el vacío; todas juegan dentro de un campo económico cuyas reglas y tensiones de poder son dictadas por quienes poseen el capital.

El Capital que tracciona desde afuera

Para que una cooperativa funcione, no basta con la voluntad de los trabajadores. Se necesita «capital» para traccionar: maquinaria, logística, insumos, crédito. El problema surge cuando ese capital es ajeno. Aquí es donde aparece el «autor intelectual» que opera en las sombras: ese empresario o entidad que, sin figurar en los papeles de la cooperativa, digita los tiempos de producción, impone los ritmos de trabajo y decide los destinos del esfuerzo ajeno.

En rubros como la pesca, esto es una constante. La cooperativa termina siendo una pantalla: el trabajador pone el cuerpo y el riesgo, mientras el capitalista en las sombras se lleva la rentabilidad sin asumir las responsabilidades patronales.

La mirada sindical: ¿Un caballo de Troya?

Esta dinámica no pasa desapercibida para las entidades gremiales, que ven en estas estructuras un mecanismo de precarización encubierta. Para el sindicato, la cooperativa funciona muchas veces como una herramienta de desarticulación. El capital logra lo que años de disputa no pudieron: que el trabajador, seducido por la idea de ser «su propio dueño», abandone la afiliación gremial.

El debilitamiento de la fuerza colectiva

El daño es doble. Por un lado, el trabajador pierde el paraguas del convenio colectivo y los derechos conquistados, pasando a una zona gris de «auto-explotación» para que los números cierren. Por el otro, la organización sindical pierde fuerza política y representatividad al sufrir una hemorragia de afiliados que pasan al sistema cooperativo.

Al final del día, el autor intelectual gana por partida doble: licúa sus costos laborales y debilita a su interlocutor histórico en la mesa de negociación.

Debemos preguntarnos si estamos frente a una verdadera alternativa social o ante un sofisticado método de tercerización. Una cooperativa que depende estructuralmente del capital ajeno para mover sus engranajes no es una isla de libertad; es, muchas veces, el enmascaramiento de una explotación que ha aprendido a borrar sus rastros legales para seguir operando con la misma ferocidad de siempre.

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