En la última sesión del Parlamento rionegrino, la ratificación del acuerdo para el proyecto de GNL marcó un punto de inflexión que el legislador Luis Noale no dudó en calificar como una «reparación histórica». Más allá de las cifras y los convenios, Noale dejó una postal urbana cargada de simbolismo: vecinos y vecinas bajando de los colectivos, portando en sus mamelucos los logos de las empresas que hoy operan en nuestra zona.
Para el ojo político, es un triunfo legislativo que asegura, entre otras cosas, un 5% de participación para el municipio de San Antonio. Para el ojo sociológico -y particularmente bajo la lente de Richard Sennett-, es la reconstrucción de un anclaje vital en una época de incertidumbre.
La estabilidad como refugio
Sennett, en su obra “La corrosión del carácter”, advierte cómo la precariedad y la falta de horizontes del capitalismo moderno destruyen el sentido de identidad del individuo. Cuando Noale describe a quienes antes «pateaban» las calles de San Antonio, Las Grutas y el Puerto buscando trabajo, describe a sujetos fragmentados por la deriva y la falta de pertenencia.
El paso de esa búsqueda errante a la imagen del vecino que desciende del transporte laboral representa la recuperación del “hacerse una vida”. El trabajo formal, impulsado por este proyecto, no es solo un ingreso: es la posibilidad de proyectar un futuro y de tener un relato coherente sobre quiénes somos y qué lugar ocupamos en la comunidad.
El conflicto de la lealtad y el lugar
El legislador también apuntó contra la contradicción de quienes reclaman por las PyMEs pero se oponen a los convenios que motorizan la economía regional. Aquí surge otra tensión sennettiana: la importancia del compromiso con el lugar.
La defensa de la Ley 80/20 (prioridad a proveedores locales) y la obtención de ese 5% de participación municipal no son solo logros administrativos; son herramientas para que el capital social de nuestra región no se diluya. Sennett sostiene que el ser humano necesita sentir que su esfuerzo tiene un impacto en su entorno inmediato. Darle la espalda a estos proyectos es, según la alocución, romper el hilo de lealtad que une al comerciante local con el trabajador que hoy tiene la «posibilidad de llevar dignamente el plato de comida a su casa».
Un mapa en transformación
La «reparación histórica» no es solo un concepto macroeconómico; se palpa en la calle. Ver a nuestros vecinos «bajando de los colectivos» es ver una cartografía de la transformación. Ya no son sujetos a la deriva de la estacionalidad, sino actores de un esquema productivo que ofrece el «abrigo» de la pertenencia laboral.
La pregunta que queda es cómo este nuevo dinamismo, respaldado por la participación directa de nuestro municipio en la renta del GNL, se convierte en el cimiento de una estabilidad que permita a los habitantes de nuestra zona atlántica dejar de «patear» para empezar, finalmente, a construir su propio destino.