Hoy cumplo 55 años. Si llego hasta este punto del recorrido, es por la resistencia de mi humanidad, pero sobre todo porque los golpes que da la vida van forjando una estructura humana que, si bien no es infranqueable, se ha vuelto profundamente resistente. Es una arquitectura interna moldeada por la fuerza de los hechos, por los malos momentos y las situaciones que nos obligan a reconfigurarnos.
Desde una mirada pragmática, no sé si acumulo mucho en términos económicos. No atesoro grandes capitales materiales, ni bienes muebles o inmuebles que definan mi estatus en el mercado. Sin embargo, entiendo que mi mayor activo es el capital cultural. Es ese el que valoro, el que me sostiene y en el cual sigo trabajando y estudiando para mejorarlo. En un mundo que rinde culto a la propiedad, elijo el cultivo del pensamiento.
Siento que la vida es más sana en bicicleta, aunque las preferencias sociales impongan que es mejor andar en cuatro ruedas, o en una camioneta de las más grandes, mostrando esa opulencia ostentosa, tipo «dealer», si se puede. Lo que el mercado no dice es que en esas estructuras quizás la enfermedad y la corrosión trabajen de forma más acelerada. Yo elijo la bici; la vida se ve mucho más clara sin polarizados.
No soy un opositor del capital, pero sí un defensor del proletariado, sin que ello me transforme necesariamente en marxista o comunista. No me muevo en los grises; me defino como alguien adaptable y maleable, capaz de entender el «porqué» de los procesos sociales sin que eso signifique, bajo ningún punto de vista, justificarlos. Entender no es perdonar, es diseccionar la realidad.
Por eso me quedo con la sociología. Como decía Bourdieu, es un «deporte de combate»; una disciplina donde el investigador debe renovar sus herramientas cada día, utilizando su lente empírica para levantar el velo de lo que está oculto. Es un ejercicio constante para llegar a conclusiones que, a veces, arrojan verdades dolorosas.
Aunque el azar del nacimiento me ubicó en Río Colorado, me siento profundamente sanantoniense. Y no lo diré «por adopción», porque esa categoría no me representa; simplemente me gusta este lugar, lo habito y lo siento propio. Más allá de sus errores u omisiones, este es un espacio a defender y a jerarquizar, con una lealtad que trasciende nombres y banderas políticas.
A mis hijos, solo decirles que entiendo que quizás no sea un ejemplo a seguir. No busco ese pedestal. Solo les pido que, en lo que hagan, traten de ser los mejores, pero sobre todo que busquen ser mejores personas cada día. De eso se trata el recorrido.
Envejecer es algo que finalmente todos hacemos, pero lo importante es cómo llegamos a ese día. Mi deseo es hacerlo como un guerrero de pie, combatiendo y dando lo mejor hasta el último minuto, si se pudiera.
Finalmente: no me interesan los saludos por redes sociales ni los buenos augurios «para cumplir». No busco la validación digital ni agradeceré esos textos vacíos de teclado. Valoro lo real, lo que resiste la prueba de la presencia.